Top
México y el “bonapartismo sui géneris” – 30-30
fade
5842
post-template-default,single,single-post,postid-5842,single-format-standard,eltd-core-1.0,flow-ver-1.2,,eltd-smooth-page-transitions,ajax,eltd-grid-1480,eltd-blog-installed,page-template-blog-standard,eltd-header-type2,eltd-sticky-header-on-scroll-down-up,eltd-default-mobile-header,eltd-sticky-up-mobile-header,eltd-dropdown-default

México y el “bonapartismo sui géneris”

Jesús Valdez

México y el “bonapartismo sui géneris”

Jesús Valdez

 

En México desde la génesis del príato en la era cardenista tuvimos algo que León Trotsky denominó “bonapartismo sui géneris”. La forma característica de gobernar en nuestro país se conocía en el argot político como “presidencialismo”. Jorge Carpizo, quien fuera Secretario de Gobernación durante el periodo de Carlos Salinas de Gortari, señaló que “el Presidencialismo en México denomina la predominancia del Poder Ejecutivo sobre los pesos y contrapesos del régimen político y sobre los mecanismos de decisión política en el periodo citado, gracias a que la institución presidencial pudo hacer uso de facultades constitucionales y metaconstitucionales que le otorgaron al Presidente poderes por encima de los demás órganos del Estado”.



Uno de los fenómenos principales en la era del “sistema de partido hegemónico” era principalmente el del “carro completo”, que consistía en que el partido en el poder ganaba por una aplastante mayoría diputaciones, senadurías, presidencias municipales y por supuesto… el poder ejecutivo cada 6 años. Fue hasta el año 1980 en el que la oposición de izquierda ganó el primer ayuntamiento al PRI en Juchitán de Zaragoza. Si bien la oposición de derecha cristalizada en el Partido Acción Nacional había arrebatado el primer municipio al PRI 3 décadas atrás, esta era la primera ocasión en que la oposición de izquierda ganaba un ayuntamiento; era pues, el preludio de lo que vendría 7 años más tarde.



Tras casi 6 décadas en el poder, el PRI pierde avasalladoramente la elección de 1988 frente al candidato del PRD y tiene que recurrir a un fraude electoral para imponerse, en poco tiempo se desarrolla un ambiente pre-insurreccional que es frenado por Cuauhtémoc Cárdenas. El salinato se mantiene con fuertes dificultades apoyándose en el imperialismo norteamericano para poder sostenerse, lo que implica una subasta sin precedentes de empresas paraestatales y la firma de un desventajoso Tratado de Libre Comercio (TLC). Apenas bien entrado el sexenio de Ernesto Zedillo, inicia una cacería de brujas contra los hermanos Salinas, Raúl es detenido el 1 de marzo de 1995 acusado de tráfico de influencias, enriquecimiento ilícito y por el asesinato del secretario general del PRI Francisco Ruiz Massieu. En ese momento Carlos Salinas hace una llamada telefónica a uno de los noticieros más importantes de la época para defenderse contra las mismas acusaciones y por haber obstruido las investigaciones de otro asesinato político: el de Luis Donaldo Colosio. El mismo día inicia una huelga de hambre en Monterrey en contra de la detención de su hermano y contra las acusaciones que la oposición y el gobierno entrante le imputaba a ambos. La huelga duró 36 horas y a los pocos días Carlos Salinas huye del país. Que un presidente del PRI iniciara una persecución contra su antecesor acusándolo de corrupción y robo a la nación era algo inaudito. Algunos de estos hechos son narrados magistralmente por Cuauhtémoc Ruiz en su libro de próxima aparición “Colosio, sospechosos y encubridores”, donde se encontrará también un análisis brillante sobre el bonapartismo en México.



Zedillo recibe un país con una fuerte crisis económica, el peso sufre una devaluación histórica del 40% frente al dólar, la crisis de Chiapas ante un presidente derrotado e incapaz de aplastar la insurrección frente a la respuesta de la sociedad que se hizo evidente en manifestaciones multitudinarias en defensa del EZLN y del Sub Comandante Marcos una vez que Zedillo ordena su captura.



En el año 2000 el PRI pierde por primera vez las elecciones presidenciales frente al candidato de la oposición de derecha Vicente Fox Quesada. Es hasta el año 2012 que el dinosaurio retorna al poder, pero ya no es el PRI del nacionalismo revolucionario representado por los gobiernos de Lázaro Cárdenas a Luis Echeverría, sino un PRI neoliberal que mal inicia con una serie de privatizaciones durante el gobierno de Miguel de la Madrid y se afianza durante la gestión/saqueo de Carlos Salinas de Gortari. La firma del Tratado de Libre Comercio es un hecho sintomático cuyos efectos se siguen sintiendo hasta el día de hoy.



Ascenso de AMLO: ¿Retorno a la política de carro completo y bonapartismo estatal?

En julio de 2018, Andrés Manuel López Obrador gana la presidencia de México con un nuevo partido: el Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) que fundó tras su ruptura con el PRD. Lejos de ser una purga o la creación de un movimiento-partido alejado de las viejas “mafias del poder”, este se nutrió de los personajes más oscuros de la política mexicana, provenientes de las cloacas del PRI y del PAN.



Pero en el año 2018 MORENA no sólo gana la presidencia, sino la mayoría absoluta en la cámara de diputados y en la de senadores, algunos analistas describen este fenómeno como una “insurrección electoral”, en la que millones de personas si bien no hicieron huelgas generales, levantamientos armados o movilizaciones masivas, fincaron su confianza en un partido mediante un “voto de castigo” a través de las urnas. El triunfo aplastante de MORENA y su actual hegemonía en ambas cámaras, hace recordar los fenómenos descritos durante el periodo del nacionalismo revolucionario del PRI y sus siete décadas de hegemonía política, sin embargo, parece que la erosión política de MORENA será mucho más rápida que la de los partidos tradicionales.



Manuel Aguilar Mora, quien escribiera tres tomos sobre el régimen bonapartista en nuestro país, comenta “El PRI-gobierno culminó sus años de auge en las décadas de los años 40’s a los 60’s con la instauración de un bonapartismo estructural, en el cual los líderes presidenciales sacaban su fuerza y magnetismo de la función (burocrática) más que del carisma (personal)”, y al mismo tiempo hace una pregunta: “¿la burguesía está dispuesta a reeditar un nuevo bonapartismo?”.



Si bien el nuevo régimen aspira a dirigir el país a través de su liderazgo moral y la inversión extranjera directa, el contexto internacional y la realidad misma impactarán directamente contra el presidente de la república que aspira ser un Bonaparte erigido en un primer momento sobre una “constitución moral”. Pero allá de eso, hay algo más tangible que los rutinarios sermones mañaneros, me refiero a la recién aprobada “Guardia Nacional”, el nuevo gobierno aspira a basar su fuerza no sólo en el discurso moralizante o el “choro mareador”, sino en las fuerzas armadas patrullando las calles.



Preocupa además, que tras la aprobación de la iniciativa de Guardia Nacional, el ejecutivo envió un paquete de leyes secundarias al Senado de la República, las cuales le otorgan 45 facultades como “efectuar investigaciones a nivel ministerial, realizar inteligencia, hacer operaciones encubiertas, intervenir servicios de telecomunicaciones, cuidar penales, detener migrantes, vigilar caminos, carreteras, puentes, aduanas, garitas, aeropuertos y la red pública de internet.”



Un aspirante a Bonaparte cuyo capital social y el contexto internacional no le alcanza para tal investidura

El ejército mexicano no sólo ha sido cómplice y ejecutor de masacres como la de 1968 y 1971, sino también de hechos más recientes como Ayotzinapa y Tlatlaya. Entre otras cosas, una manera en la que AMLO piensa afianzar su apoyo en las fuerzas armadas a través de apoyos y obras para proyectos como el del Nuevo Aeropuerto que se instalará en Santa Lucía donde beneficiará además al sector inmobiliario que se encuentra en quiebra en zonas como Tecámac y Zumpango en el Estado de México.



Otro de los bastiones en los que AMLO piensa apoyarse para ejercer el papel de árbitro moralizante de las clases y la sociedad mexicana, son los programas asistencialistas, sin embargo la actual crisis mundial del capital le dejará poco margen de acción. Este tipo de política fue muy funcional para gobiernos como el de Hugo Chávez o el de Lula durante la época de bonanza económica en AL durante el periodo de bonanza en los precios del petróleo y las materias primas en la primera década del siglo XX. Después de la crisis mundial que inició en 2008, todo eso se desvaneció y los regímenes populistas perdieron el apoyo de su base social. Tuvieron que implementar a cambio medidas más intransigentes en materia económica contra la población a través del alza a la recaudación fiscal, acompañada de la represión abierta contra amplios sectores de la población.



Si algo entendieron los modernos populismos en América Latina, es que debían apoyarse en el ejército para blindarse contra las revueltas obreras, así como contra la intervención extranjera, más concretamente del imperialismo estadounidense. No cometerían el mismo error que Salvador Allende y saben que el ejército es un sector al que “hay que tener contento” para tener un margen estable de “paz y gobernabilidad”, pero esto es sólo un castillo de naipes que el movimiento obrero mundial podría derribar de un manotazo.



Existen todavía algunos bonapartismos tardíos en el siglo XXI, son la excepción a la regla en la era de la democracia burguesa y de los “derechos humanos”, discurso manejado hipócritamente por las Naciones Unidas. Son estos tipos de regímenes, así como los populismos de derecha con tintes racistas, misóginos, homo y xenofóbicos, a los que tenemos que combatir y aspirar a su derrocamiento, empezando por Jair Bolsonaro y continuando con un Donald Trump. No estamos ya en la época de las dictaduras militares, o de regímenes bonapartistas, fascistas o de corte nazi, existen mejores condiciones para su aniquilamiento. El contexto y la actual tendencia histórica para estos gobiernos es su debilitamiento, en ese sentido es que tenemos que apuntar.



En el ámbito nacional el gobierno de AMLO ya inició una crisis política con sectores de oposición nada desdeñables como lo son el EZLN, la CNTE, los pueblos de Morelos que se oponen al PIM, las huelgas salvajes de Tamaulipas, así como de las comunidades que resisten ante proyectos extractivistas de capital estadounidense y canadiense. Los sectores populares saben que en México ha llegado su hora y se disponen a medir su fuerza con el llamado “proyecto posneoliberal” que más bien parece un neoliberalismo con discurso populista. AMLO calculaba que su luna de miel con las masas mexicanas le duraría por lo menos 5 años, pero estas masas se han dado cuenta que en la noche de bodas, el novio “le está haciendo de chivo los tamales a la novia”.



Dos clases antagónicas se disponen a dar una lucha, cuyo primer round ganaron los obreros de la maqulia. Estamos ante la clásica contradicción entre el trabajo y el capital, entre el patrón y el trabajador, entre el despojo y la resistencia de los pueblos, entre el viejo gangsterismo sindical y las pujantes resistencias sindicales que han resistido al embate neoliberal durante los últimos 30 años. Si se usa la fuerza del ejército o la guardia nacional, el gobierno de la esperanza entrará en una severa crisis con costos políticos muy elevados, ante tal escenario los socialistas nos preparamos para generar una alternativa de izquierda y revolucionaria.



Imagen: Wikimedia Commons.


Jesús Valdez es trabajador de la construcción en la ciudad de México.