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El reinado de los símbolos – 30-30
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El reinado de los símbolos

Camilo Ruiz Tassinari

El reinado de los símbolos

Camilo Ruiz Tassinari


Imaginemos un gobierno neoliberal, en cualquier país del mundo: Inglaterra o Zambia. ¿Qué es lo primero que haría ese gobierno? Exprimir el Estado. El sector público es obeso, ineficiente, y debe ser recortado. Pero no todo, no con el mismo celo: cultura, medio ambiente y ciencia serían los primeros blancos. Salud y educación los siguientes. De (casi) todos lados se exigiría un sacrificio: habría decenas de miles de funcionarios públicos despedidos. Las fuerzas armadas, al contrario, seguramente mantendrían jugosos presupuestos. Un gobierno neoliberal, para que lo sea, tiene que comprometerse a pagar la deuda pública religiosamente. ¿Renegociación? En el futuro, si tenemos suerte. ¿Cancelación? Nunca. Un gobierno neoliberal se negaría terminantemente a aumentar los impuestos, en todo caso los impuestos a los ricos. Deportaría migrantes al por mayor. Un gobierno neoliberal, por supuesto, mantendría la autonomía del Banco Central, cuyo único objetivo es velar por controlar la inflación. Sin duda que, si tal gobierno decide llevar a cabo proyectos de infraestructura, estos serían para impulsar la inversión, para “detonar el desarrollo”: no líneas de metro, pero sí termoeléctricas. El principal objetivo de un gobierno neoliberal sería mantenerse en el bloque económico regional, cueste lo que cueste y por más sumisa que sea su posición en él. Por supuesto que un gobierno neoliberal abriría las puertas a las industrias extractivas, la megaminería antes que nada.


El problema de todo gobierno neoliberal es que mantener la disciplina fiscal y acatar los imperativos del mercado difícilmente son consignas que apasionan a los votantes y los llevan a las casillas. Lo contrario es cierto: no es difícil pintarlos como una camarilla de tecnócratas, teledirigidos desde las oficinas del Fondo Monetario Internacional, insensibles a las necesidades de la población. Si un gobierno neoliberal se propusiera desarticular toda oposición ¿cómo justificaría sus políticas? Con una inversión de los términos, tal vez: decretaría, para empezar, el comienzo de una nueva era, la muerte del neoliberalismo, y luego procedería a desempacar las políticas de austeridad pero presentándolas como la consagración de la lucha popular. Y los opositores a los recortes, a la austeridad, a los megaproyectos pasarían a ser comparsas de esa vieja élite que no se termina de ir.


Discursivamente, por supuesto, todo habría cambiado. Algunos de los representantes del antiguo régimen podrían llegar a la cárcel; el poder tendría un contacto más afable, más folclórico, con la gente. Los edificios del gobierno colgarían bandas multicolores en sus fachadas (aunque no necesariamente cambiarían las leyes). Es más, algo del dinero rasurado a Cultura, Ciencia, Salud, podría dársele a los ancianos o a los lactantes (ninguna terapia de ajuste ha terminado completamente con los programas sociales). Tal vez hasta un gramsciano despistado proclamaría: ha comenzado un nuevo ciclo hegemónico.


¿Estaba usted pensando en el gobierno de López Obrador? Qué mal, yo pensaba en el de Syriza en Grecia, el volte face más espectacular de la izquierda en la historia reciente. Pero ya que lo mencionamos, el caso mexicano encaja perfectamente: seis meses después de que dio inicio la Cuarta Transformación, no sólo las coordenadas generales de la política económica de las últimas tres décadas siguen incólumes, sino que el Ejecutivo ha procedido a una terapia de shock dentro del sector público que la vieja Secretaría de Programación y Presupuesto no se imaginaba ni en sus sueños más guajiros, y de la que tuvimos una muestra con la brutal carta de renuncia de Germán Martínez al IMSS.


Lo sorprendente de todo esto es cuán poderoso ha sido hasta ahora el artilugio discursivo, la escenificación simbólica: la forma relativamente plácida con la que la Guardia Nacional, las triquiñuelas del Tren Maya, los recortes presupuestales o –de forma más dramática- el asesinato de Samir Flores han sido recibidos entre la amplia opinión pública. ¿Cuánto podrá durar esto? ¿Acaso el aura de López Obrador lo ha eximido de cumplir, y le bastará durante todo el sexenio con hacer como que cumple, a golpes de simbolismos? No creo. Aunque la aprobación de AMLO se mantiene alta, recientemente prácticamente todas las encuestas registraron una dura caída, de arriba de dos dígitos. Es muy temprano para diagnosticar cualquier tendencia, pero de una cosa podemos estar seguros: la aplicación de políticas de austeridad, la presencia del Ejército en las calles y los megaproyectos generarán las mismas oposiciones que generaron en el pasado: ninguna de ellas será electoral, pocas llegarán a las ocho columnas, pero eso no las hará menos sentidas.


En este punto, sin embargo, el gobierno federal tiene una ventaja inédita. Pues su abracadabra discursivo ha prácticamente vaciado las filas de cualquier oposición de izquierda articulada, y ha recompensado a esas posibles voces con puestos, sinecuras, espacios en medios de comunicación. Los que hace no mucho denunciaban la devastación ecológica del NAIM están hoy en el gobierno y no dicen nada sobre su batería de megaproyectos. Los ejemplos son a veces vergonzosos: Taibo justificó la Guardia Nacional diciendo que era el pueblo en armas que ya había salvado a México; Solalinde salió a regañar a un periodista que había cuestionado las cifras de asesinatos. John Ackerman y Lorenzo Meyer cada semana defienden lo indefendible, uno con estridencia y otro con resignación (las dos únicas actitudes de apoyo posibles ante la 4T). Más allá de estos extremos, lo normal es el silencio, o la crítica tímida, ultraespecífica, de una andanada de columnistas e intelectuales de izquierda cuya lealtad general no se puede poner en duda: el gobierno está por la igualdad, la justicia, la democracia, y hay que apoyarlo. Como en la caverna de Platón, la izquierda mexicana se sienta a comer palomitas ante un teatro de sombras en donde los mismos monstruos de ayer corren campantes por el escenario, pero esta vez maquillados de carmesí y de caló sureño, y feliz proclama: ¡triunfamos! ¡el pueblo gobierna!


Atada al proverbial “estábamos peor antes”, esta izquierda ausente no hace sino desbrozar el camino para que esa crítica venga de otro lado. Por ahora, del IMCO –y agradezcamos que la derecha vive en perpetua crisis–. Pero no hay razón de peso para rendir las armas. Si uno intenta por un instante ver más allá de la pólvora simbólica de las ceremonias indígenas, la apertura de Los Pinos o la pelea con el rey de España, lo que se encuentra es lo que describí al principio: recortes, despidos, la militarización más brutal, megaproyectos impuestos. Asesinatos de periodistas y opositores, que en el mejor de los casos el gobierno no ha hecho nada para esclarecer. Sobran las razones para cortar cualquier crédito. Sobran las razones para oponerse a este gobierno con la misma claridad que a cualquier otro. Para sorpresa de propios y extraños, el lopezobradorismo ha sido más belicista y más pro-austeridad que los gobiernos anteriores. Registrada esa sorpresa, dejemos de hacernos ilusiones. Hemos hecho del discurso y de la ceremonia del poder un fetiche –“la forma es fondo”–, y hemos dejado de ver su cruda materialidad: los impuestos, los muertos, los dineros de la deuda. Feliz vasalla del reinado de símbolos de la 4T, esa izquierda se niega a ver que tal vez, al final de cuentas, López Obrador sea el neoliberal más brillante: el que entendió que para que la austeridad triunfe realmente hay que arroparla no en la disciplina ante los mercados sino en la gesta del pueblo contra la mafia del poder.

Crédito de imagen: Poker Photos vía Flickr.


Camilo Ruiz Tassinari es historiador y ensayista.