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Donald Trump:¿una nueva fase del Imperio? – 30-30
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Donald Trump:¿una nueva fase del Imperio?

Ramón I. Centeno

Donald Trump:¿una nueva fase del Imperio?

Ramón I. Centeno

Si tomamos en serio –y ya es hora– la agenda política que Donald Trump desplegó durante su campaña electoral, estamos presenciando una verdadera convulsión en el orden imperial levantado por los Estados Unidos desde el fin de la segunda guerra mundial. El brillante ensayo Imperium, de Perry Anderson, permite mirar con una perspectiva histórica de larga data las posibles implicaciones de Trump para el imperialismo norteamericano.

 

Anderson muestra que la política exterior gringa ha estado marcada desde el inicio por la tensión entre los impulsos aislacionistas y los intervencionistas. Por un lado, la convicción en su excepcionalismo “permitía la creencia de que los Estados Unidos sólo podrían preservar las virtudes que lo hacen único a través de mantenerse apartados de un mundo decadente.” Por otro lado, el compromiso con su universalismo “autorizaba un activismo mesiánico de parte de los Estados Unidos para redimir ese mundo.” (p. 8)

 

Durante segunda guerra mundial los intereses de política interior y exterior se alinearon como nunca antes. Para proteger ese milagro llamado Estados Unidos había que entrar en esa guerra que lo amenazaba. El precio de no participar en la guerra podía ser quedar vulnerable por el Pacífico y el Atlántico, a manos de un Japón extendiéndose por China y una Alemania apoderada del resto de Europa. Por supuesto, la Unión Soviética ganó la guerra –derrotando a los nazis en Stalingrado y luego tomando Berlín– pero no sin quedar arruinada, mientras los Estados Unidos estaban intactos y, más aún, con los recursos –demostrados con las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki– para definir los contornos de la nueva paz: la pax Americana. Para entonces, las dos caras del nacionalismo gringo –la aislacionista y la intervencionista– ya se habían fundido en una síntesis duradera.

 

Esta síntesis “fue la verdadera llegada del imperialismo americano, propiamente entendido… una súbita cristalización de un proyecto desde arriba para rehacer el mundo a la imagen de Estados Unidos” (p. 21). Durante la Guerra Fría, los Estados Unidos no escatimarían recursos en acorralar a la Unión Soviética y a las revoluciones inspiradas por ella con el fin de destruir la amenaza comunista. El colapso del bloque socialista, por supuesto, no supondría el fin del intervencionismo norteamericano en el mundo. Al contrario, el fin de la Guerra Fría reviviría el proyecto original de la posguerra: la construcción de “un orden liberal-capitalista de libre comercio en todo el mundo, en el que los Estados Unidos tendrían automáticamente –por virtud de su poder económico y su ejemplo– el primer lugar.” (p. 109)

 

Sin embargo, desde el ascenso económico de China, esta “armonía” entre lo general y lo particular –“el aseguramiento de los intereses generales del capital por la supremacía nacional de los Estados Unidos”– ha quedado en duda. La superioridad de Estados Unidos “ya no es la culminación automática de la civilización del capital” (p. 111). La añeja coalición entre los impulsos aislacionistas e intervencionistas quedó sostenida por hilos. Ya no hay garantía de que los costos de la política exterior gringa reporten beneficios internos que, además, apuntalen la primacía mundial de Estados Unidos.

 

Así, si la primacía estadounidense ya no es el resultado automático del orden liberal mundial que Washington auspició, la única forma de mantener la posición privilegiada de Estados Unidos será alterar ese mismo orden para producir el mismo resultado. ¿Veremos al liberalismo cavar su propia tumba? Tal vez; al menos eso parece indicar el rechazo de Trump al ‘libre comercio’ –esa fórmula que alguna vez fue un aliado natural del American Dream.

 

La respuesta de Donald Trump a este cuadro crítico ha sido clara: los costos del activismo mundial de Estados Unidos son demasiado altos para una economía en crisis. Si Corea del Sur y Japón desean que la presencia militar de Estados Unidos se mantenga en sus países para disuadir a China y Corea del Norte, deben abrir la billetera –ya no será gratis. Si Europa desea que Estados Unidos, a través de la OTAN, mantenga su presencia militar en la zona para disuadir a Rusia, que paguen más y no esperen que Washington haga todo por ellos. Como le dijo Trump a Hillary Clinton en un debate: “No podemos ser la policía del mundo. No podemos proteger países en todo el mundo donde no nos paguen lo que necesitamos.” Ya desde antes Trump se quejaba: “¿Por qué siempre tenemos que estar al frente de todo?” No será fácil solucionar el daño que Trump desde ya ha causado al prestigio de Estados Unidos entre sus aliados históricos al poniente y oriente de Eurasia.

 

El mismo muro que pretende levantar –en realidad, completar– en la frontera con México es testimonio de un reforzamiento del sentimiento aislacionista. Aunque esta idea ha sido aderezada con la intención de que México pague, lo que está ocurriendo en el fondo es que Estados Unidos se asemeja a una tortuga que busca un caparazón más grande del cual desea asomarse menos.

 

Por supuesto, aún está por verse si el Trump de la campaña presidencial será el mismo Trump de la Casa Blanca. En cualquier caso, el rating creciente del aislacionismo muestra que éste es un fantasma que ya recorre los pasillos de Washington. El posible vuelco al enfoque aislacionista en detrimento del ánimo intervencionista significaría una ruptura de la amalgama ideológica (excepcionalismo/universalismo) que definió al imperialismo norteamericano que conocemos desde la posguerra. Despojado de su vocación de redimir al mundo ganándose sus “mentes y corazones” (como decía George Bush Jr. durante su invasión a Irak), el imperialismo norteamericano se convertirá en un policía más honesto, más cínico, más brutal. Ya nada será como antes.

 

Crédito de foto: Tyler Bolken vía Flickr.


Ramón I. Centeno es co-editor de 30-30.

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