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Rosa Luxemburgo. Utopía y vida cotidiana – 30-30
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Rosa Luxemburgo. Utopía y vida cotidiana

Rosa Luxemburgo. Utopía y vida cotidiana

 

(Reseña de libro)

Autor del libro: Rodrigo Quesada Monge.

Autor de la reseña: Allen Cordero Ulate

 

Libro publicado por la Editorial de la Universidad Nacional, Heredia, Costa Rica, 2018 del historiador costarricense Rodrigo Quesada Monge. Una biografía de énfasis político ideológico de la gran revolucionaria polaca-alemana, Rosa La Roja, Rosa Luxemburgo (1871-1919). Es decir, un libro publicado prácticamente a los 100 años del asesinato de la gran revolucionaria. 

 

El autor de esta biografía, como se dijo, es un historiador costarricense quien no se acomplejó con una gigantesca responsabilidad política y académica, es decir, la de reconstruir la historia de esta revolucionaria de talla mundial. Una biografía de esta envergadura normalmente se le deja a una persona académica y política europea o estadounidense, preferentemente alemana. Quesada Monge se reivindica a sí mismo cuando justifica su investigación, criticando que mucha de la bibliografía de Rosa o sobre Rosa, que se puede encontrar en español no son buenos textos de referencia pues no son buenas traducciones. Él por su parte presenta una extensa bibliografía actualizada, mucha de esta en inglés.   

 

Es un libro que combina lo académico con lo político-militante. El autor revisa textos históricos así como estudios recientes sobre Rosa Luxemburgo. Al mismo tiempo el punto de vista del investigador histórico es evidente: su propósito es el de reivindicar apasionadamente la vida y pensamiento de Rosa, La Roja. Igualmente, el texto es generoso en referencias a movimientos sociales y políticos particularmente acaecidos en el contexto latinoamericano, donde a su parecer, el “luxemburguismo” sigue viviendo.

 

Contexto de Rosa, la Roja

En este libro el contexto de vida de Rosa se encuentra analizado pormenorizadamente. Son los tiempos de auge y al mismo tiempo del inicio de la decadencia del capitalismo mundial, particularmente europeo. Por una parte, se muestra la expansión de un capitalismo reformista a finales del siglo XIX que permite conceder ciertas mejoras salariales y sociales a una parte de la clase obrera europea, cosa que es positiva, pero que conllevó un aspecto de retroceso en la parte del desarrollo político independiente de la clase obrera, en concreto, me refiero, a la traición socialdemócrata, es decir, la degeneración reformista de la segunda internacional, donde se abandona la perspectiva de la revolución socialista. Pero también son tiempos de crisis profunda del capitalismo, que debe promover la guerra como modo de disputar los mercados y activar la propia economía. La respuesta de los pueblos oprimidos es contundente e inesperada para los reformistas de la segunda internacional. Los grandes puntos de las revoluciones obrero-campesinas, fueron, sin duda, la revolución de 1905 (ensayo general) y la revolución socialista triunfante de octubre del 1917, en Rusia.

 

Pero el elemento más importante del contexto es que el socialismo tenía mucha influencia en la conciencia política de millones de trabajadores y pueblos oprimidos en muchos países. En Europa, el socialismo tenía partidos de masas. Por su parte, en la “atrasada” Rusia se expresaba el prodigioso desarrollo desigual y combinado, esto es, la presencia de una amplia y radicalizada clase obrera, quien frente a una timorata burguesía nacional, jugaba un papel muy relevante en la política; se expresaba como un actor de clase crecientemente independiente. En Alemania, Rosa formó parte durante un largo período del SPD, Partido Socialdemócrata Alemán, en 1905, fue nada menos que editora de su periódico. Se está hablando de un partido de masas, no de un grupo marginal. En 1912, por ejemplo, el SPD llegó a tener 110 diputados de 409 en el parlamento alemán. Esto es muy importante puesto que los auditorios de Rosa estaban compuestos de decenas de miles de trabajadores. Y, no se trataba solamente de auditorios nacionales si no también internacionales, en razón de que desarrolló una militancia internacionalista, aunque algunos de sus arraigos político sociales estuvieran centrados en Polonia, por su origen, Alemania, por ser su país de destino y Rusia, por ser el epicentro revolucionario en ese período.

 

Algunos aportes fundamentales

Los aportes de Rosa Luxemburgo a la teoría y a la acción revolucionaria son múltiples. El libro de Rodrigo Quesada, de 471 páginas, hace un recuento minucioso de esa trayectoria extraordinaria. Aquí mi intento se limita a invitar a la lectura de este libro biográfico y además expresar mi propia reacción frente al texto. No se puede pasar por alto algunos de esos signos distintivos del luxemburguismo, algunos de los cuales se siguen discutiendo, o bien, no se discuten, pero se viven intensamente entre las masas que siguen luchando contra asuntos como la explotación capitalista y la opresión imperialista. O bien, temas de la máxima vigencia como son las formas organizativas más efectivas para enfrentar al capital, la dialéctica entre democracia y centralismo en la construcción partidaria y en las luchas de las masas.  Igualmente, Rosa Luxemburgo, constituye un gran ejemplo de cómo una persona logra colocarse en la primera fila de la discusión y la acción revolucionarias en un marco de proezas históricas por parte de la clase obrera mundial.    

 

Quizás el aporte central de Rosa La Roja haya sido, y esto queda fehacientemente remarcado en el libro de Rodrigo Quesada, su lucha contra el reformismo socialdemócrata; de ahí se deriva todo. Esta gigante de la historia revolucionaria fue una persona destacadísima en la denuncia de la traición socialdemócrata al socialismo. Dirigentes como Karl Kautsky y Eduard Berstein, pretendidos herederos del marxismo, elevaron a teoría general del socialismo, la reducida lucha por las reformas. Para estos y otros dirigentes, el socialismo se podía alcanzar mediante una acumulación creciente de reformas. Por así decirlo, de reforma en reforma, como si se estuviera subiendo por una escalera, de manera paulatina, se alcanzaría el piso más alto; la igualdad social. Luxemburgo se enfrentó teórica y prácticamente a esta ilusión. Más bien, el acento de Rosa fue la lucha directa por el socialismo. El capitalismo no se podía reformar, cualquier reforma por significativa que esta fuera, llevaba el sello de la reproducción de la explotación.  Por su parte, Rosa Luxemburgo al tener una clara perspectiva del capitalismo como sistema global, sostenía que el mecanismo por excelencia de la reproducción de capital era su expansión (neo) colonial, conquistando nuevos mercados tanto en términos de extracción de sus materias primas como sometiendo a nuevos territorios a la lógica de las relaciones capitalistas de mercado. El gran escenario de este análisis fue nada menos que la primera guerra mundial. Los renegados revisionistas de Marx, consecuentes con su abandono del socialismo, apoyaron a la burguesía alemana en sus objetivos militares expansionistas. Por su parte, otros reformismos socialdemócratas apoyaron a las burguesías que se estaban defendiendo del militarismo expansionista alemán.

 

El militarismo era consustancial con el imperialismo. La industria de guerra era el motor central de la economía imperialista. De ahí la posición de Rosa Luxemburgo de crítica a la guerra imperialista, lo que obviamente chocaba con el nacionalismo alemán. El marxismo de Rosa Luxemburgo está íntimamente unido a las encrucijadas de la lucha práctica socialista. El marxismo de ella no fue un marxismo de pizarrón, sino de lucha callejera, de huelgas, de intervenir desde una perspectiva práctica en guerras y revoluciones.  Rosa también dio clases, pero estas fueron impartidas a trabajadores organizados, ya sea en el marco del ya mencionado SPD como también en la Liga Espartaco, fundada en 1916, que a su vez en 1919 daría paso a la fundación del Partido Comunista Alemán.  La Liga Espartaco fue la respuesta organizativa ante la traición del SPD. 

 

De acuerdo con el recuento biográfico de Rodrigo Quesada, Rosa Luxemburgo fue una gran teórica sobre el tema del imperialismo no solo en sus aspectos político-militares, sino también en lo que tiene que ver con sus componentes culturales y lingüísticos. También ella estudió por así decirlo los impactos del imperialismo en las naciones dominadas. Por tanto, es precursora incluso de teorías sociales y culturales que décadas después tomaron forma en algunas ciencias sociales, como es el caso de la teoría de la dependencia en Sociología y las tesis del colonialismo en Antropología. 

 

A pesar de lo anterior y de su origen polaco, al parecer, Rosa Luxemburgo no fue muy afecta a las luchas anticoloniales, pues de acuerdo con ella, había que ver en cada caso si las luchas independentistas eran correctas o no. A diferencia de Lenin, que levantó la política de la autodeterminación de las naciones, Rosa Luxemburgo no pensaba que esta política debía ser de una aplicación tan general e indiscriminada, es decir, de aplicación casi que homogénea para cada nación que buscara la autodeterminación o independencia. Pero se ha visto que ya sea en Polonia, así como en diversos países, las luchas nacionales sí han sido y siguen siendo muy importantes. Por ejemplo, en casos como la que ahora se conoce como República Checa, Yugoeslavia, Cataluña. Ni se diga de la importancia que tuvo la lucha nacional en un gigante de la geografía mundial, pero también de la historia de la revolución socialista como lo es China.  No obstante, las elaboraciones de Rosa Luxemburgo podrían ser muy relevantes para caracterizar en la actualidad estatutos o regulaciones de autonomías, en otras palabras, para estudiar la (des) composición de las nacionalidades, e incluso, sería muy relevante retomar sus investigaciones para todo el campo de los estudios territoriales.  

 

Otro tema clásico del luxemburguismo tiene que ver con el papel de los consejos obreros en la lucha por el socialismo. Rosa Luxemburgo partiendo de una concepción que enfatizaba en la democracia socialista colocaba a los consejos obreros como el máximo organismo de gestión socialista, ya sea en los momentos claves de la lucha obrera en el marco del capitalismo, como lo son las insurrecciones, o bien, como órganos de gestión democrática de la sociedad socialista.  La relevancia de los consejos obreros ya se había visto en las revoluciones de 1905 y 1917 en Rusia, así como en la revolución en Alemania. Valga decir que dicha revolución se prolongó de 1918 a 1923. En la primera fase de esa revolución, que fue la más profunda, se formaron consejos de obreros y soldados, los que tuvieron un protagonismo importante por cerca de un año. Pero funcionaban de manera muy improvisada. Rosa Luxemburgo trazó todo un programa para fortalecer la organización de los consejos señalando aspectos como reelección y expansión de los consejos locales, convocatoria de un cuerpo representativo nacional, entre otros. (Ver págs. 385-386). El llamado “espontaneísmo” de Rosa Luxemburgo es un espontaneísmo muy organizado, significaba dar paso a la creatividad obrera, pero de manera organizada en los consejos obreros. No se trataba algo de que el lumpen en las calles construiría la política revolucionaria. Era más bien, la experiencia de lucha procesada conscientemente por la clase obrera a través de sus consejos. Acertadamente Rodrigo Quesada sintetiza esta política de la siguiente manera: “Para ser realista, en su forma pura la democracia consejista no era otra cosa que el socialismo puesto en práctica”. (Pág. 380). 

 

El acento puesto por Rosa Luxemburgo en los consejos obreros y no en el partido revolucionario, le llevaba a distanciarse de Lenin y de Trotsky en sus apreciaciones referentes a la construcción y la dirección de la revolución.  Como se sabe, el bolchevismo se había caracterizado en gran parte por su teoría organizativa acerca de la necesidad insoslayable de la construcción de un partido obrero que dirigiera la revolución. La consciencia socialista no era innata a la clase obrera, sino que dicha consciencia debía ser “insertada” por el partido en la clase desde afuera. Rosa tuvo varios encontronazos con Lenin y Trotsky en los primeros meses de la revolución rusa por lo que ella denominaba una especie de dictadura partidaria. Para ella había que dar más peso a la democracia socialista lo que se concretaba en dar mayor relevancia a los consejos (soviets) que al partido. No es que Rosa se opusiera al partido bolchevique, si no que su política organizativa se dirigía a equilibrar los pesos políticos relativos entre soviets y partido.  Esto es un tema que se sigue discutiendo mucho tanto desde un punto de vista histórico como en lo que respecta a las luchas del presente. Tanto la posición leninista como la trotskista han buscado justificar el centralismo (lo que Rosa llamaba dictadura), en razón del propio contexto de la guerra civil rusa, donde la contrarrevolución buscaba recuperar el poder. Y, también de manera muy importante, justificando el “verticalismo” revolucionario justamente por el peligro de que en el marco de la primera guerra mundial las potencias imperialistas, concretamente Alemania, derribara a la joven república soviética con la fuerza de las armas. La centralización militar contrarrevolucionaria solo podía ser eficazmente enfrentada mediante una férrea centralización revolucionaria. En este sentido, por tanto, el juego entre democracia y centralismo es diferente en tiempos de paz que en tiempos de guerra. No es lo mismo el equilibrio entre centralismo y democracia con un contexto internacional favorable que uno en franca desventaja. Pero, de nuevo, las tesis de Rosa Luxemburgo sobre la democracia obrera no se pueden desdeñar, puesto que el estalinismo fue la degeneración completa de la idea centralista de Lenin. Por su parte, las variantes socialistas que se desarrollaron posteriormente en países como China, Vietnam, Cuba, etc., no han sido democráticas. Esto es que, el centralismo y hasta la “dictadura” se convirtieron en el modelo de gestión socialista por antonomasia. El tema de la relación entre democracia y centralismo igualmente sigue muy debatido, a menudo de manera muy álgida, en la vida de las organizaciones políticas de izquierda e incluso en los movimientos sociales. 

 

En lo que respecta a Rosa Luxemburgo como figura feminista, de acuerdo con Rodrigo Quesada, no se le puede considerar como una autora feminista. La tarea de investigar, teorizar y luchar en la práctica por aspectos de condición de mujeres, fue asumida por una gran amiga de Rosa; Clara Zetkin (1857-1933).    

 

Rosa Luxemburgo fue asesinada el 15 de enero de 1919. También fue asesinado Karl Liebknecht, otro gran revolucionario alemán, muy asociado políticamente a Rosa.  Una turba de berlineses arrastró el cuerpo moribundo de la gran revolucionaria, arrojándolo por encima de las barandas que resguardaban la entrada al canal de Landwehr, en Berlín (Págs. 125-133). La pequeña Liga Espartaco había sido ampliamente superada por una revolución poderosa, pero sin dirección. Los consejos obreros no lograron ponerse a la cabeza de la revolución, según la política trazada por la propia Rosa.  De hecho, el gobierno que estaba en el poder cuando Rosa Luxemburgo fue asesinada era el primer gobierno (provisional en este caso) socialdemócrata, encabezado nada menos que por una figura muy emblemática de la socialdemocracia hasta el presente, nada menos que Friedrich Ebert.

 

En tiempos de guerras y revoluciones es cuando el lenguaje social más atroz, pero real, es el que se impone; el de los asesinatos más viles. Es a partir de estos asesinatos y masacres que se imponen nuevas correlaciones de fuerzas socio-políticas, esto es, la paz y la democracia de los vencedores.  La democracia siempre hay que contextualizarla, ya que normalmente es una democracia que no llueve parejo para todos, si no que funciona abiertamente en favor de los vencedores.

 

Para cerrar este apartado me permito hacer una reflexión sobre el estilo de reconstrucción histórica presentado en este trabajo por Rodrigo Quesada. Creo que el equilibrio que debería haber entre “hechos históricos” e interpretación histórica, en este caso, se inclina ampliamente hacia la interpretación. Si bien el autor presenta una muy extensa bibliografía, desde mi punto de vista, hubiera sido deseable que optara metodológicamente por dejar hablar más directamente a los textos de referencia, sin abusar por supuesto. El autor es meticuloso al citar la bibliografía en que basa sus juicios, pero un libro sea histórico o de cualquier disciplina, debe basarse por sí mismo sin necesidad de ir a verificar la fuente, salvo casos de precisión. Cuando se deja hablar a los textos, el propio lector tiene mejores posibilidades de reaccionar frente a la interpretación. Por ejemplo, me parece excesivo relacionar tan directamente el pensamiento de Rosa Luxemburgo con movimientos revolucionarios latinoamericanos como los son la revolución cubana, el movimiento zapatista, o bien, el llamado socialismo del siglo XXI, de creación chavista; con el luxemburguismo. Las fuentes sociales, teóricas y políticas son muy diferentes. El luxemburguismo, desde mi punto de vista, se encuentra estrechamente asociado con la revolución marxista obrera. En cambio, estos movimientos revolucionarios latinoamericanos tienen raíces en reivindicaciones de sectores como el campesinado, los movimientos indígenas e intelectuales de clase media. Tanto los componentes de clase, como los objetivos político-sociales han sido muy diferentes, aunque sea válido, eso sí, relacionarlos a todos con algunas fuentes marxistas; no todos los marxismos son lo mismo. El anterior comentario tampoco significa desdeñar la importancia específica de los marxismos y de las luchas latinoamericanas, pero estos marxismos hay que contextualizarlos y “explicarlos” en sus características propias.  

 

Las flores, los sombreros y otros detalles de la vida cotidiana

La vida de Rosa Luxemburgo no se limitó a la militancia revolucionaria, tanto en lo que corresponde esta militancia con tareas puramente intelectuales como las pueden ser investigar y escribir, o bien, los trabajos prácticos que conlleva la lucha por el socialismo, tales como dar cursos de formación a trabajadores, organizar un partido revolucionario, publicar y distribuir prensa, participar en manifestaciones calleras, ir a la cárcel, en el caso de Rosa fue encarcelada en cuatro ocasiones.  La vida de Rosa también, naturalmente, está compuesta de eventos de cotidianidad, tal y como le sucede a cualquier persona, esto es, alimentarse, vivir en algún lugar, tener o no tener hijos, experimentar el amor en las dimensiones que sean, etc. La vida cotidiana de Rosa Luxemburgo también fue intensa. Rodrigo Quesada ilustra sobre algunas de estas facetas.

 

En el libro se resalta la importancia que tuvo para Rosa Luxemburgo su relación con Leo Jogiches, (1867 – 1919), revolucionario de origen lituano; una relación de cerca de 15 años con muchos altibajos. Rosa nombraba a Leo como su marido, aunque él no le denominara a ella como su esposa. Parece que Leo nunca se decidió a casarse con Rosa. Leo era una persona muy acomodada económicamente producto de una herencia de su abuelo y de sus propias actividades empresariales. El partido le pagaba a Rosa 150 marcos por semana con la tarea de elaborar un artículo semanal, pero esto no le alcanzaba para cubrir lo que ella consideraba que eran sus necesidades. Leo le daba a Rosa adicionalmente unos 100 marcos. Pero parece que hubo conflictos entre Leo y Rosa por cómo ella gastaba el “subsidio”. Pues para Leo el dinero debía ser dedicado a tareas políticas, pero Rosa utilizaba la plata dándose una vida que se podría catalogar de “pequeño burguesa”, le encantaba vivir en un bonito apartamento. No le era indiferente donde vivir y más bien invertía tiempo considerable en la escogencia de apartamentos. Se quejaba de la falta de limpieza de Berlín y de sus amas de casa y consideraba que los berlineses eran tan tiesos como el palo con que los habían golpeado. A Rosa también le encantaban los sombreros y tenía una colección. Adornaba su apartamento con bellas flores para lo que se daba su tiempo en ir a escogerlas y comprarlas. Le gustaba mucho que le regalaran flores.  Rosa tuvo como amante por unos siete años a Koskia Zetkin, nada menos que hijo de su gran amiga Clara Zetkin. 

 

Sobre estos aspectos personales, Rodrigo Quesada, como debe ser, no moraliza. Más bien, defiende el gusto y la delicada sensibilidad de Rosa Luxemburgo. Así mismo como la defiende en el terreno político, la defiende en su vida cotidiana. Por lo demás, en el caso de Leo Jogiches no se trataba de ningún “santo”.

 

Reflexión final

Sin duda se trata de una gran biografía de la revolucionaria Rosa Luxemburgo. Los aspectos teórico – políticos quedan muy bien sistematizados a lo largo de una corta pero muy intensa vida. Igualmente, resulta muy relevante e interesante la reconstrucción de la vida personal de Rosa Luxemburgo, la que en muy buena parte fue estudiada a partir de su voluminosa obra epistolar la que a su vez ha sido objeto de numerosos estudios e investigaciones.

Es muy importante estudiar la biografía de Rosa Luxemburgo no solo en tanto un hecho del pasado sino para lo que puede enseñar para el presente. Sobre todo, es relevante, conocer y reflexionar sobre su vida para quienes intentamos en las nebulosas del presente encontrar respuestas revolucionarias a la crisis de la humanidad.    


Allen Cordero Ulate es profesor investigador del área de sociología en la Universidad de Costa Rica, julio 2021