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Rojava: Revolución y contrarrevolución en Siria – 30-30
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Rojava: Revolución y contrarrevolución en Siria

Marcos Villa

Rojava: Revolución y contrarrevolución en Siria

Por Marcos Villa

En 2015, Rojava, una pequeña región en la frontera siria con Turquía, acaparó inesperadamente la atención de la opinión pública mundial. Las fuerzas mayoritariamente kurdas no sólo habían detenido el avance de Dáesh (ISIS) -cosa que nadie había hecho, ni Estados Unidos- sino que además se organizaban en comunas socialistas, defendidas por milicias populares de hombres y mujeres. Pero la Revolución de Rojava no era algo nuevo. Sus orígenes datan de tres años atrás. ¿Qué provocó que saliera a la luz hasta 2015?

 

Para entender Rojava, y su súbita explosión mediática en 2015, hay que comprender la política étnica y religiosa en el Medio Oriente, así como la situación de la izquierda en la región. Después de explicar las dos primeras, analizaré a fondo el estado de la lucha en Rojava.

 

Islam y nacionalismo

 

Además de las diferencias religiosas entre las dos ramas principales del Islam (chiitas y sunitas), existen muchas etnias y culturas diferentes en la región. Durante muchos siglos, el Imperio Otomano controló la mayoría del Medio Oriente, y gobernaba sin distinguir mucho entre las diferentes comunidades que vivían ahí. Con el derrumbe del Imperio Otomano a principios del siglo XX y el establecimiento de diferentes estados-nación por los colonialistas europeos, las elites locales rompieron con la convivencia pacífica entre las diferentes comunidades para crear regímenes donde un solo grupo étnico gobernaría. Este proceso se desarrolló principalmente en Turquía, Irán, y en territorio árabe (fragmentado entre varios estados). Mientras algunos de los gobiernos nacionalistas en el siglo XX realizaron cambios sociales y económicos profundos, el precio del nacionalismo fue siempre la sumisión de la clase obrera al proyecto de las élites. A la vez, casi siempre persiguieron y discriminaron contra los grupos étnicos minoritarios dentro de sus territorios respectivos.

 

Después de la Segunda Guerra Mundial, el imperialismo encabezado por los EEUU buscó debilitar a los regímenes nacionalistas del Medio Oriente que amenazaban con quitarle el control de los grandes recursos petroleros de la región. Para derrotar estos movimientos, los poderes imperialistas apoyaron a disidentes religiosos islamistas en estos territorios.

 

Entre estos grupos religiosos hubo tres grandes tendencias islamistas. En estados muy fuertes, hubo grupos como la Hermandad Musulmana, opuestos a los regímenes nacionalistas y con claras prácticas clienterales hacia las clases populares. Existe evidencia que demuestra el apoyo del Reino Unido a este tipo de islamismo. Luego, Hamás aparentemente recibió apoyo en sus inicios del estado israelí, que quería reducir la popularidad de la Organización para la Liberación de Palestina (OPL). Este grupo combinó el islamismo y la resistencia nacionalista. Finalmente, los EEUU apoyaron al wahhabismo (la ideología estatal de Arabia Saudita) después del triunfo de la revolución comunista en Afganistán en 1978. Estos yihadistas tenían una ideología mucho más violenta y discriminatoria que los otros islamistas. Décadas más tarde, Al-Qaeda y Dáesh vendrían de las filas wahhabistas.

 

El PKK

 

La organización de izquierda más fuerte en el Medio Oriente hoy es el Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK). Los kurdos han sufrido opresión durante décadas, y están fragmentados por todo el Medio Oriente, de Turquía a Irán. En los años 70, el PKK decidió que su prioridad era luchar por la liberación nacional de las comunidades kurdas en Turquía, explícitamente proponiendo un programa socialista a la vez.

 

Luchando contra la dictadura turca, que se negaba (y se sigue negando) a aceptar el derecho de los kurdos a la autodeterminación, el PKK comenzó una guerra de guerrillas en 1984. Cuando las autoridades turcas capturaron a su líder Abdullah Öcalan en 1999, el grupo intensificó un proceso de autocrítica (que había empezado ya después del derrumbe de la Unión Soviética) y dejó de intentar conseguir sus metas a través de la lucha armada. En la guerra contra el estado, murieron 30.000 combatientes kurdos y 20.000 civiles (junto con la desaparición de unos 20.000 más y el desplazamiento de unos 3 millones). Una gran parte de la comunidad kurda ahora quería un camino más pacífico al autogobierno. Ya que no se había ganado nada, buscaba un cambio de estrategia para evitar más sufrimiento.

 

Esta reflexión autocrítica resultó en la adopción de una ideología que se enfocaba en el autogobierno a pesar del estado, la igualdad (entre etnias, religiones, y géneros), y la democracia directa. Encontró inspiración en el ‘ecólogo social’ estadounidense Murray Bookchin y el zapatismo. Oponiéndose al dogmatismo, ahora favoreció la libertad de pensamiento mientras fomentaba la organización cooperativa de trabajadores y el control popular de los recursos naturales. Siguió defendiendo a las comunidades kurdas, pero también se empeñó en buscar un acuerdo negociado con el régimen turco. Entre 2012 y 2015, se desarrollaría un dialogo acompañado con un cese de fuego oficial.

 

Me parece que este proceso crítico ayudó a reducir significativamente la cantidad de muertos en las comunidades kurdas, y demostró interés en rectificar los errores que se cometieron durante la guerra. Además, la política de creación de estructuras comunales a pesar del estado que ahora proponía el PKK fue muy popular. También sembró las semillas ideológicas para los éxitos logrados en Rojava a partir de 2012.

 

Siria y la Revolución de Rojava

 

El régimen nacionalista (baazista) de Bashar al-Assad en Siria era relativamente independiente del imperialismo occidental cuando empezó la ‘Primavera Árabe’ en 2011. Esta independencia se expresaba en gran parte a través de su alianza con Rusia y el gobierno islamista de Irán. Sin embargo, independencia no es igual a justicia. El baazismo les había negado los derechos culturales y civiles a los kurdos en Siria durante décadas, y había impedido el desarrollo económico de las comunidades kurdas. Como resultado, los kurdos – influenciados por el PKK – tomaron control de los recursos naturales y la tierra fértil en sus comunidades en el norte de Siria (Rojava) en 2012 cuando vieron que el estado baazista estaba sumamente ocupado con la lucha contra los rebeldes islamistas (que habían recibido apoyo de Turquía, Arabia Saudita, Qatar, y sus aliados en el Occidente desde 2011).

 

En vez de sumarse a la lucha islamista contra Assad, las milicias de Rojava – encabezadas por los kurdos pro-PKK y llamadas YPG y YPJ – enfatizaron su derecho al autogobierno. Las YPG/YPJ se defendieron tanto de los islamistas como de las fuerzas de Assad. Mientras defendía su propio territorio, el partido hermano del PKK en Siria – el PYD – se unió a otras fuerzas izquierdistas en Rojava para implementar un programa de cambios democráticos y socialistas. Al organizarse en comunas, cooperativas, y asociaciones, buscaban crear el poder popular, en el que todas las decisiones se tomaran abiertamente con la participación de todos los adultos de la comunidad.

 

En enero de 2014, los ciudadanos de Rojava aprobaron un ‘Contrato Social’, que afirmó: “las áreas de autogestión democrática no aceptan los conceptos ni de un nacionalismo, un ejército, o una religión estatal, ni de la gestión o gobierno centralizados”. En cambio, insistió en que el territorio de Rojava estaría ‘abierto’ a cualquier forma de organización política y social que fuera compatible con las tradiciones de la democracia y el pluralismo social y cultural. Y para facilitar este sistema multicultural de gobierno, se estableció: la separación de las religiones y el Estado; la prohibición del matrimonio con menores de 18 años; el reconocimiento y la protección de la mujer y los derechos del niño; y la prohibición de la circuncisión femenina y la poligamia. También se proclamó que: “la revolución debe realizarse desde el fondo de la sociedad” y “la igualdad, la libertad, la igualdad de oportunidades, y el derecho de no sufrir discriminación son los derechos de todos los hombres y mujeres”.

 

Todos los idiomas de la región fueron reconocidos, y las cárceles serían lugares de dignidad, rehabilitación, y reforma. Además, se garantizarían los derechos de los refugiados, se construiría en cada pueblo una Casa de Mujeres, donde las mujeres podrían obtener apoyo y refugio frente a muchas formas de violencia de género. También se formaron numerosos sindicatos en la región por primera vez.

 

Para proteger esta experiencia revolucionaria de enemigos como Dáesh, grupos de ciudadanos organizados participarían en patrullas todas las noches, y la región terminaría siendo la única relativamente segura en toda Siria.

 

Probablemente como resultado de su ideología, las potencias supuestamente democráticas en el Occidente ignoraron lo que pasaba en Rojava. Los aliados occidentales en Turquía y la región kurda de Irak inmediatamente impusieron un bloqueo económico sobre Rojava. Aunque algunos simpatizantes en el mundo difundieron información en solidaridad, la gran prensa internacional calló hasta finales de 2014.

 

La lucha contra Dáesh y la presencia estadounidense

 

Cuando Dáesh intensificó su campaña expansionista en Irak y Siria en 2014, el PKK y las YPG/YPJ lucharon valientemente para resistir los avances de los islamistas, mucho más fuertemente armados. Aunque las milicias de Rojava estaban aisladas por los bloqueos de los estados circundantes, rescataron al menos 35.000 refugiados del pueblo de Şengal en Irak. Dáesh había avanzado sobre este pueblo (donde vivían miembros del grupo religioso minoritario de los Yezîdîs) a principios de agosto 2014 y había masacrado entre 3 y 5 mil hombres. Los yihadistas también secuestraron a alrededor de 7 mil mujeres y niños durante esta invasión. La escala del ataque pronto atrajo la atención de la prensa internacional – aunque intentó esconder el papel protagónico de las YPG/YPJ y el PKK en el rescate de los refugiados.

 

En parte como venganza, Dáesh lanzó una ofensiva contra el pueblo rojavano de Kobanî en septiembre 2014. Otra vez, la resistencia de las YPG/YPJ atrajo la atención de la prensa internacional. Después de un mes de ataques yihadistas, la presión mediática obligó a los EEUU a intervenir– aunque su interés real en defender el experimento revolucionario de Rojava es muy dudoso. El imperialismo estadounidense tuvo que proteger su imagen. Los tanques de sus aliados turcos habían mirado el avance yihadista sin actuar durante semanas – atrayendo críticas en varios medios de comunicación, y poniendo en duda la unidad de la OTAN respecto a la lucha contra Dáesh. A la vez, la eficacia de la resistencia de las YPG/YPJ contra Dáesh provocó una alianza temporal e inesperada con los EEUU – cuyos aliados islamistas ‘moderados’ habían fracasado en derrocar el régimen de Assad y facilitado el ascenso de Dáesh. Los imperialistas ahora querían limpiar su imagen al apoyar las fuerzas democráticas, seculares, y feministas de las YPG/YPJ – aunque no directamente, debido a la hostilidad turca al PKK y Rojava. (Por cierto, Turquía abandonó el dialogo con el PKK en julio 2015 -en parte porque el experimento en Rojava había inspirado a los kurdos e izquierdistas en Turquía. Fingiendo entrar en la lucha contra Dáesh, se enfocó en lanzar una guerra contra el PKK, y hasta en atacar Rojava.)

 

Durante 2015, las YPG/YPJ le quitaron mucho territorio a Dáesh – parcialmente gracias a la ayuda de los bombardeos de los EEUU. No obstante, al poder imperialista no le interesa defender la experiencia revolucionaria de Rojava de una manera permanente. Simplemente actúa acorde con sus intereses actuales.

 

Bombardear la región no es una solución duradera. De hecho, será contraproducente y solo generará más muertes de civiles, más islamismo radical, más reclutas para Dáesh y más terrorismo en el Occidente. Bombardear es simplemente combatir el síntoma. No curará la enfermedad. Y la enfermedad es la pobreza, la opresión, y la injusticia. Es la dictadura, es el sectarismo, y es el capitalismo. Y me parece muy claro que la fuerza ideológica de izquierda más capaz de tratar estas enfermedades en el Medio Oriente hoy en día es el PKK y sus aliados en Rojava. El futuro es incierto, pero los que nos llamamos socialistas libertarios tenemos el deber de apoyar las fuerzas kurdas revolucionarias – que tanto heroísmo han mostrado en su lucha contra Dáesh y que tantos cambios radicales han realizado a pesar de su contexto increíblemente difícil. Merecen más que nadie nuestra solidaridad en estos momentos.

 


 


Marcos Villa escribió el libro “Rojava: Una alternativa al imperialismo, nacionalismo, e islamismo en el Medio Oriente (Una introducción)” y trabaja en ‘The Canary’ como periodista.

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