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Trabajo en un call center y estudio: ¿qué pienso del triunfo de López Obrador? – 30-30
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Trabajo en un call center y estudio: ¿qué pienso del triunfo de López Obrador?

Eduardo Balderrama

Trabajo en un call center y estudio: ¿qué pienso del triunfo de López Obrador?

Eduardo Balderrama

La victoria de Andrés Manuel López Obrador en las pasadas elecciones, y la forma en la que el país se pintó de guinda –reconfigurando así el sistema partidista mexicano– da cuenta del hastío popular contra las élites.

 

Mucho se habla del giro a la izquierda de México con esta victoria, pero desafortunadamente el giro sólo queda en los deseos colectivos. El embate neoliberal que desde los ochentas dirige la nación al despojo, fue de tal magnitud que cualquier proyecto que tenga tímidamente un tinte social encontrará serios obstáculos. Prueba de ello han sido los chantajes de organismos como la COPARMEX o incluso las muestras de desprecio de sectores privilegiados contra los simpatizantes y militantes de MORENA, que relacionan la victoria de López Obrador con el empoderamiento de las clases bajas o desfavorecidas (que, sobra decir, se les sigue culpando de su propia condición de empobrecimiento). Ese clasismo lacerante, el que impidió darle las firmas suficientes a una candidata indígena, confunde a un proyecto como el de López Obrador como socialista.

 

Pero México no ha dado un giro a la izquierda, sino que reanimó el viejo bonapartismo que hoy vuelve a escena llamando a la reconciliación. En aras del “bien de la nación”, apuesta por conciliar a la clase capitalista y a los desposeídos.

 

Es claro que López Obrador no movilizará a las masas proletarias como herramienta para disputar el poder al capital. Más bien, se enfocará en limar asperezas con la iniciativa privada: la reconciliación significa hacer a un lado las expectativas de la mayoría trabajadora que votó por él, poniendo por encima el interés de “la nación”. O sea, la prioridad de López Obrador es respetar el libre mercado y apoyar a la gran burguesía, la cual seguirá enriqueciéndose a costa de todos los demás.

 

El llamado a la reconciliación tiene a su favor el amplio hartazgo con la corrupción. Hoy parece que el verdadero enemigo es el sistema político corrupto y no los que lo han corrompido: una clase capitalista que mantuvo en el poder durante décadas a esos gobernantes que robaron una y otra vez. Ante el nuevo bonapartismo, los capitalistas estarán dispuestos a hacer ciertas concesiones, pero los instrumentos de contención que ejercen sobre las clases oprimidas no desaparecerán por sí mismos. Ya desde antes de su victoria, nos encontramos con la retórica tranquilizadora de López Obrador hacia los empresarios y su insistente afirmación de que no expropiará a nadie, así como las subsecuentes declaraciones del virtual Secretario de Hacienda, Carlos Urzúa, en las que asegura que seguirá aplicando políticas de libre mercado. El próximo gobierno promete el laissez faireque da certeza a la clase capitalista, en tanto que las clases populares deberán conformarse con el gusto de haber influido en masa en el rumbo inmediato de la vida política del país. ¡Nos vemos en seis años! Así la democracia.

 

El camino es largo y sinuoso aún para las luchas que nacen desde la izquierda. Se enfrentarán al poder económico y político de los dueños del capital y una estructura estatal que con las recientes elecciones ganó un segundo aliento y se erigió en apariencia como un representante digno de los menos favorecidos. Asimismo, las clases medias son transmisoras de las ideas más románticas del capital: la pobreza es una opción y el trabajo arduo es la panacea y el cambio social en sí, en tanto que las clases más desprotegidas esperan que el estado vele por sus intereses.

 

El proyecto de López Obrador, eso sí, será arrollador: con mayoría en las cámaras y un apoyo popular apabullante, no encontrará serios contrapesos. ¿Pero a qué intereses va a servir su gobierno? Por lo pronto, su visto bueno al proyecto del nuevo aeropuerto o a las llamadas zonas económicas especiales en el sureste del país, sólo sirven para profundizar el despojo. Y estos apenas son los primeros signos.

 

El proyecto neoliberal no tiembla, y esto es así debido a que no se ha trastocado su pilar fundamental: El Estado. Aunque los deseos de las mayorías empobrecidas y despojadas van en sentido, el nuevo Presidente va en otro: proteger al capitalismo en aras del “bienestar nacional”. No hay barreras (por ahora). Los pocos sindicatos que existen, más allá de representar los interés obreros siguen siendo instrumentos clientelares a cambio de dádivas para sus dirigentes.

 

Por otro lado, no podemos negar el carácter popular de la elección. El voto de confianza a López Obrador fue arrasador. La esperanza que la población tiene puesta en el caudillo es enorme, y con un gobierno cargado a la derecha el desencanto será de la misma magnitud. Es aquí cuando la izquierda independiente puede pasar de la supervivencia a la acción. Este es el momento en el que puede ser posible que una izquierda organizada sea capaz de configurar un poder que se pare de frente a los proyectos neoliberales, pero únicamente si miramos más allá de sectarismos y nos sacudimos la desidia.

 

La victoria de López Obrador se presenta como la oportunidad para generar un movimiento con miras a la acción de masas, a la verdadera socialización de la vida política y a la verdadera transformación del sistema económico. Sólo desde la organización en una izquierda independiente y colectiva será posible poner fin al capitalismo rampante, a la explotación indiscriminada de los recursos naturales, a una verdadera autodeterminación de los pueblos. En definitiva, este es nuestro momento.

 

Crédito de imagen:


Eduardo Balderrama trabaja en un call center y estudia Ciencias de la Comunicación en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.