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Por qué López Obrador no será presidente en el 2018 – 30-30
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Por qué López Obrador no será presidente en el 2018

Camilo Ruiz Tassinari

Por qué López Obrador no será presidente en el 2018

Camilo Ruiz Tassinari

No me causa ningún gusto pronosticarlo. No prefiero a Margarita ni a Anaya. Pero ya se pueden observar las tendencias y las fuerzas que impedirán que la tercera sea la vencida. Las causas del tope máximo –entre un 30 y un 35%– del lopezobradorismo como movimiento nacional se han hecho patentes no sólo en el Estado de México sino también, y esto es importante, en Coahuila.

 

Una décima parte de los votantes –es decir uno de cada veinte mexicanos- quiere religiosamente un López Obrador presidente, independientemente de los escándalos de corrupción y las pifias que éste cometa en el siguiente año. Eso no da para ganar la elección. Es una base de un 10% que no es realmente más alta que la del PRI o la del PAN. El Financiero reportó, por ejemplo, que exactamente el 33% de los votantes por Delfina habían decidido su voto antes de la elección; 3% menos que el voto duro del PRI.

 

La cuestión radica, por supuesto, en cómo ganar a ese casi 40% de votantes indecisos; o en cómo convencer a la mayoría pasiva que nunca vota. Son esos sectores, que ven ora con desconfianza y ora con simpatía a López Obrador, los que decidirán la elección –mucho más éste si logra comer significativamente en el terreno de los abstencionistas. Pero me parece que no será el caso. Los patrones del voto en el Estado de México nos dan una buena clave de qué puede pasar en la elección nacional en un año.

 

Para empezar, el abstencionismo no se modificó. No hubo gran marea morenista, en todo caso no en términos de un despertar político extendido entre ese 50% que nunca vota. Esto incluye a los distritos conurbados donde Morena hizo su agosto. Delfina sacó un 6% más que la mejor elección del PRD, lo cual es significativo, pero como vimos no fue suficiente. En las zonas urbanas, especialmente en la periferia de la Ciudad de México, Morena ganó ampliamente –pero la abstención fue de más del 50%. Si hubiera una única autoridad de toda la megalópolis, sin duda que sería carmesí, lo cual no es menor. Las zonas más urbanas del centro del país, de población asalariada y medianamente educada son todas, y probablemente seguirán siendo, bastiones del lopezobradorismo –Morena ganó ampliamente entre los votantes con escolaridad de bachillerato en adelante.

 

Pero es precisamente por lo anterior que la elección del Estado de México es una buena muestra de la nacional. ¿No es México, como el Estado, una amalgama extraña entre grandes ciudades aquí, campo pobre allá; una población educada y letrada por un lado, la estulticia campesina por el otro –con esa enorme zona gris, de semiurbanización, semi-educación y pobreza que se presta tanto o más que el propio campo para el clientelismo? Cuando la democracia electoral se introdujo en Europa, los radicales creyeron ver en ésta un gran igualitarismo implicado por que el voto del burgués y de su obrero peor pagado valiera lo mismo. Ahora hay que revertir el juicio: el voto razonado de un profesionista vale lo mismo que el del eslabón más bajo de la red clientelar priísta. Es contra eso contra lo que cualquier supuesto movimiento cívico tiene que enfrentarse: la combinación entre el desinterés de la mayoría y el control clientelar del poder político local sobre una minoría significativa.

 

El patrón geográfico del voto en el Estado de México muestra bien una tendencia nacional, que Morena y el PRD arrastran desde su fundación: nunca han podido penetrar en el campo, ni podido competir en el nivel nacional con la extensión y presencia del aparato partidario del PRI. Si el PRI ganó todos los distritos electorales fuera de la mancha urbana, no es porque su discurso esté mejor adaptado a las necesidades del campesino medio; es porque tienen una estructura organizativa (con mucho dinero, por supuesto) que funciona como un aparato de relojería en cada casilla, en cada pueblo y en cada caserío. Morena no tenía representantes de casilla en buena parte de las regiones rurales del Estado de México, y en general ni siquiera hizo campaña en éstas. Esto le abrió el camino a infinidad de chanchullos del PRI, pero las operaciones de coacción del voto dependen de una mucho menor intención de voto a Morena en estos distritos y en general de una nula presencia estructurada. Es una ironía de la política que el candidato que más se concibe a sí mismo como una reinstanciación del nacionalismo clásico suscite tan poca atracción entre los campesinos. Y esto es en el campo a 200 kilómetros de la Ciudad de México, bastión del lopezobradorismo. Pensemos en el Bajío, o en el norte del país. En Zacatecas hace unos meses, Morena perdió también gracias a un apabullante voto rural en su contra. Sumémosle, por el afán de hacer el cálculo, la nula penetración de Morena en los estados fronterizos del norte (en las ciudades o en el campo), demográficamente esenciales. El lopezobradorismo es por ahora –lo ha sido desde que existe como tal– un fenómeno esencialmente urbano, del tercio del centro-sur de la república.

 

La división campo/ciudad es importante, pero no explica todo. Un sector importante del voto razonado, incluso bajo la presión del voto útil, no fue hacia Morena. A pesar del dinero que engrasó