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Odio mi trabajo, me enferma – 30-30
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Odio mi trabajo, me enferma

Tomás Holguín

Odio mi trabajo, me enferma

Tomás Holguín

Es posible que no esté muy claro en nuestras conciencias, pero definitivamente lo sentimos con certeza, en la empresa para la cual trabajamos vivimos una dictadura militar como tal, un régimen autoritario. Con el dictador a cargo (el empresario), sus suboficiales (personal administrativo) y los subordinados (nosotros los trabajadores) expoliados al máximo. En una dictadura ocurren injusticias y las personas, no nos sorprenda, se enferman. A continuación 4 historias cotidianas.

 

1. Él trabajaba para una gran empresa nacional de supermercados, encargado de un departamento. Su jefe inmediato le delegaba tareas y exigencias que no le correspondían. Tenía ataques de pánico cotidianos, fobia a estar en lugares concurridos, fatigado al máximo con un dolor de cabeza intenso y, al llegar a casa, no quería que nadie le hablara, sólo quería estar acostado. Yo le pregunté si no estaba permitido decir “no” en su trabajo.

 

2. Al cambiar de capataces (personal administrativo), él, que trabaja para una empresa maquiladora como auxiliar de administración –además de ser licenciado en comunicación y estudiante de teología–, se vio sobrecargado de diligencias que no le correspondían y sobrepasaban su horario de trabajo –sin pago extra. ¿Por qué lo hacía? Dice que cuando lo contrataron, se estipulaba que debía tener disponibilidad de tiempo y una actitud emprendedora. Pero, me dijo, ya no aguantaba, sentía un gran estrés, tensión, dolor muscular, cualquier cosa lo enojaba, todos los días estaba ansioso. Múltiples preocupaciones rondaban su mente. También tuvo que acudir a consulta.

 

3. Una compañera médico que trabaja en un hospital privado me relató una historia muy triste. Las enfermeras hicieron una coperacha para comprar algo de comida y comérsela en una sala poco usada del hospital, en la cual está prohibido introducir alimentos. Las enfermeras omitieron la regla y clandestinamente empezaron a comer todas juntas en dicha sala. Cuando entró la administradora a la sala, todas las enfermeras corrieron espantadas a un cuarto contiguo para esconderse. La capataz mandó al personal de limpieza tirar toda la comida y, como castigo, a cada una de las comensales les descontó un día de salario a la quincena por 3 quincenas, como si fuera una ausencia laboral. En este hospital, cuando un empleado falta un día a su trabajo se le descuenta la mitad de su salario correspondiente a la quincena. Así, aunque no falten ningún día, las enfermeras recibirán la mitad de su salario por 3 quincenas. A todas luces, se trata de un castigo desproporcionado a la falta, pero necesario en un régimen dictatorial. Mi compañera me comenta que la señora de la limpieza no tiró la comida y la guardó en otro cuarto del hospital aún menos frecuentado. Dice que en su cara se veía el enojo y la impotencia por lo que había sucedido, y le dijo: “los pobres no tenemos derecho a nada, nos quieren traer como los negritos de antes” sic.

 

4. Esa misma compañera médico que tengo, apenas estudiante que está realizando su internado en dicho hospital para lograr su título, se enfermó de diabetes. Sentía una fatiga inmensa, infecciones recurrentes, episodios en que sudaba, sentía mucha ansiedad, palidecía y se desmayaba si no probaba algo azucarado. Varias ocasiones le sucedió esto auxiliando en procesos quirúrgicos. Como no daban con el diagnóstico, los estudios que le solicitaban tardarían un tiempo en mostrar los resultados, y ya que seguía sintiéndose mal, se le ocurrió la idea de solicitar una incapacidad. La respuesta fue que si no podía trabajar, que abandonara el internado y el siguiente año empezara de nuevo. No le quedó de otra más que soportar y esperar que los resultados estuvieran pronto, y que el tratamiento le funcionara. Si no, ya saben qué hubiera pasado. Para su fortuna, el tratamiento funcionó.

 

 

Desde el punto de vista médico, el primer caso tiene el diagnóstico de trastorno de pánico con agorafobia, y el segundo de trastorno de ansiedad generalizado; tal y como indican los criterios diagnósticos del DSM 5[1] de la American Psychiatric Association. A ambos trastornos les corresponde un tratamiento farmacológico, como cualquier otra enfermedad. Pero en vez de patologizar lo que estaban viviendo, apliqué la técnica de “normalización de la conducta.” ¿Qué se normalizó? Les planteé que es normal sentirse muy mal cuando te están jodiendo y explotando. Esta técnica también es una forma de reestructuración cognitiva. Reestructurar significa cambiar el propio marco conceptual o emocional, en el cual se experimenta una situación, y situarla dentro de otra estructura, que aborde los “hechos” correspondientes a la misma situación concreta igualmente bien o incluso mejor, cambiando así por completo el sentido de los mismos; lo que cambia a resultas de la reestructuración es el sentido atribuido a la situación, y no los hechos concretos correspondientes a ésta.[2]

 

El primero de ellos, al mes de verlo, me relató la decisión que tomó. Ya no iba a permitir que lo molestaran más, nadie. Dijo que se sentía una persona capaz, que sabía hacer muchas otras cosas. Renunció a su trabajo y a los 3 días desaparecieron los ataques de pánico y la agorafobia.

 

En el segundo caso, el joven, al entrevistarlo, ya había tomado cartas en el asunto. Le hizo saber a sus jefes que ya no iba a asumir tareas que no le correspondían y que respetaran su horario de entrada y salida. Aunque se ganó su enemistad, discordia y lo aislaron, esa difícil decisión de enfrentar a los capataces disminuyó en forma importante su sintomatología ansiosa –esto es, ya no cumplía con los criterios clínicos para diagnosticarle trastorno de ansiedad generalizado. Dijo que a partir de esta experiencia cambió su patrón de encarar las dificultades en la vida, las cuales evitaba, y ahora estaba dispuesto a enfrentarlas. Mi reacción fue reconocer y felicitar ese cambio tan importante en su vida, así como el haber hecho respetar su dignidad.

 

El trastorno de ansiedad generalizado, también conocido como burn out (fundido), u otros diagnósticos como el mobbing o bullying, son diagnósticos que han terminado medicalizando un conflicto que antes se llamó lucha de clases. En aquellos dorados del marxismo, ese tipo de conflicto se dirimía en el ágora colectiva –formando comités de fábrica, protestas, marchas, paros o huelgas. En contraste, el sufrimiento que hoy brota de las condiciones de trabajo por precariedad, sobreexplotación u horarios alargados por el transporte, ahora es entendido culturalmente como un problema individual, intrapsíquico, que termina en la consulta del médico familiar o psiquiatra, enriqueciendo a las grandes empresas farmacéuticas. Sí, tiene usted razón, vivimos una distopía.

 

¿Cuándo estallará la bomba? ¿Cuándo estallará ese coraje, esa frustración que se convierte en odio de clase, reflejado en el rostro de la señora de la limpieza? No lo sabemos, pero tal vez no falte mucho. El capitalismo está en crisis: económica, política, ideológica, moral, cultural y ecológica. Los signos son notorios, allí tienen el ascenso de Trump con su patriotismo, proteccionismo, misoginia y racismo; como otros estandartes de derecha radical que empiezan a surgir por todos lados. El descontento social está a flor de piel.

 

Según los últimos datos del INEGI, 24 millones de trabajadores reciben un salario menor a $5 mil pesos mensuales, cuando la canasta básica alimentaria y no alimentaria estimada por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) está en $ 11 mil pesos al mes; es decir, esos 24 millones de trabajadores viven en pobreza.

 

Para cuando la bomba estalle, allí queremos estar los socialistas revolucionarios, luchando juntos, levantando las demandas económicas, sociales y políticas para los trabajadores, reapropiándonos del papel histórico del proletariado: la emancipación de la humanidad. Luchar por liberarnos de la locura de la explotación del humano por el humano; esa relación de amo (empresario)-esclavo (asalariado) vigente en el sistema capitalista, anacrónica al desarrollo actual de las fuerzas productivas de la sociedad.

 

Para finalizar, Lenin fue poco compasivo con ese sufrimiento en los lugares de trabajo, y vio siempre esas terribles disciplinas que la fábrica imponía a los obreros como una inapreciable escuela revolucionaria: sólo el daño que el trabajo causa a la vida puede forjar una voluntad bolchevique. ¿Lograremos, como en otras revoluciones, convertir el sufrimiento actual en un torrente revolucionario?

 

[1] El DSM es el manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales publicado por la American Psychiatric Association, un referente en la salud mental mundial.

[2] Paul Watzlawick, J. H. (2007). Cambio. Formación y solución de los problemas humanos. Barcelona, España: Herder.

 

Imagen: detalle de los murales industriales pintados por Diego Rivera en Detroit.


Tomás Holguín, psiquiatra del IMSS en Cd. Juárez, es parte del Comité Central del Partido Obrero Socialista.

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