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Mi madre no era feliz. – 30-30
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Mi madre no era feliz.

Juanita Acosta

Mi madre no era feliz.

Por Juanita Acosta

El mes pasado mi madre cumplió 10 años de aniversario luctuoso. A mí edad (26 años) ella tenía 5 hijos; todos pequeños, todos llorando y ensuciando lo que hubiera a su paso. Todos demandando atención, con carencias materiales y emocionales.


 
Yo no soy mamá, pero soy observadora. Supongo que la maternidad, más durante los primeros años, tiene momentos en los que, despeinada, sudada y cansada, sonríes con el alma al ver un logro o una gracia de tu cría. Si detuvo su cabeza, si aprendió a andar en bicicleta o si dijo algo inocente y chistoso. Observo a las madres cercanas a mí y me da esa impresión. Sin embargo, jamás las he visto como las mujeres de los comerciales, trapeando con sus hijas muy contentas por el aroma de equis limpiador, porque, claro, ¿quién más que las mujeres para encargarse de esos menesteres? ¿Qué mujer no disfruta intensamente trapear?¿O qué tal cuando la publicidad las pinta como fanáticas de la ropa planchada y limpia? Según los comerciales, les hace felices encargarse de tan divertida labor.
 
No soy mamá, pero alguna vez tuve una. Tenía una mamá y la compartía con cuatro hermanos. La recuerdo y a veces me siento triste de saber que pasó tantas dificultades cotidianas al dirigir y orientar el desarrollo de una pequeña pandilla de criaturas salvajes. Claro que tengo muchos recuerdos de ella riéndose y jugando con nosotros, pero lo que más me marcó fue verla encerrarse en el baño a llorar, o verla desesperada y estresada.
 
Siempre nos aconsejaba no tener hijos o, en todo caso, que los tuviéramos cuando hubiéramos pasado los treintas. Hoy entiendo que su consejo era un intento de arreglar su vida proyectándose en nosotros, aunque en ese entonces solo me parecía una sugerencia irrelevante. Me habló de anticonceptivos, me contó cuáles no le funcionaron y por qué.
 
El de mi madre fue un caso extremo y desafortunado, ojalá en ningún rincón y en ningún tiempo esto se repitiera. Tenía un esposo con dos trabajos (quien a pesar de todo, puedo decir, tuvo una paternidad muy activa), sin el apoyo legendario de «los abuelos» (para dejar ahí a los niños y dedicarse por momentos a otra cosa que no fuera ser mamá), con hermanas y un hermano que tampoco podían ayudarla (porque estaban en situaciones parecidas), con muy pocos años de experiencia en la vida, con precariedad económica (clase trabajadora, al fin y al cabo), etc.
 
Este caso extremo terminó en suicidio, a sus 41 años recién cumplidos. Hubo quienes nos culparon a mis hermanos y a mí, hubo quienes culparon a mi padre o a todos juntos. Hubo quienes auténticamente no podían entenderlo y preguntaron “¿por qué?”; como si algo así tuviera una respuesta del tipo A+B=C. Factores de genética, infancia y vivir en miseria, hasta el hecho de ser mujer contribuyeron al acto tan dramático, pero hoy quiero escribir únicamente sobre su situación de madre.
 
De ese momento hace diez años, tengo muy presente a una amiga de la familia que se acercó para decirme algo más o menos así: “Pobre de tu mamá. Empezó a tener hijos desde muy chica. Eso es muy difícil… obviamente tuvo momentos de lucidez contigo que seguramente fueron muy bonitos, pero tener hijos es difícil. Yo tengo casi 40 años, dos hijos y a veces siento que no puedo.” Esas palabras hasta la fecha retumban en mi cabeza.
 
Antes de suicidarse, mi mamá nos confesó que ya había pensado más de una vez en hacerlo, pero que antes estábamos muy chicos y no quería dejarnos tan pronto. Yo les puedo decir que nunca hay una edad ideal para que tu mamá decida suicidarse; va a ser duro siempre. Aún así jamás sentí que ella no me quisiera, ni siquiera en los momentos más difíciles cuando todo se le salía de las manos.
 
Lo digo porque he visto a madres sentirse culpables por momentos en los que están cansadas, fastidiadas o hartas. También lo digo porque veo con simpatía cómo han surgido madres que se oponen a esa visión que dicta que para ser buena madre debes de ser la «madre siempre contenta» con la que todo es felicidad y alegría, que disfruta tanto el parto como las noches de desvelo porque se enfermó la cría. Que se siente feliz de trapear (como en los anuncios), que siempre encontrará la satisfacción personal en ser madre porque así lo eligió (o incluso cuando no lo eligen), aunque haya tenido que ceder un poco o un mucho en su vida laboral y social.
 
Obviamente no estoy justificando el maltrato o el abandono infantil, que no se malinterprete. Solo estoy hablando de esas veces que he visto de cerca a las madres experimentando frustración y sintiéndose culpables por ello. Del maltrato hacia los niños solo puedo decir que debe ser investigado y castigado, venga de mujeres u hombres; que vivir una infancia plena debería ser una garantía real. Pero esa es otra historia.
 
Estoy segura de que habrá mujeres que realmente se identificarán con alguno de los ejemplos que di y que parecen poco disfrutables, pero también estoy segura de que no en todo momento. Todas son distintas y hay matices, hay circunstancias sociales diferentes, maternidades elegidas y otras impuestas, como en el caso de violación. Y claro que hay momentos muy felices. Yo misma vi esa felicidad en mi mamá, pero que no nos quieran ver la cara, también hay momentos difíciles. Yo lamento mucho que para mi mamá hubieran sido más de lo segundo (momentos difíciles) que de lo primero. Y hoy, desearía que no se hubiera sentido tan culpable y frustrada por sentirse agotada. En algo habría ayudado que no hubiera existido toda esa presión social, religiosa y de todo tipo según la cual una “buena madre” es la que disfruta su inmolación…
 
Si eres mamá, tampoco voy a decir como debes sentirte, pero como hija te puedo decir que pude ver de cerca esa frustración y esa culpabilidad y la comprendí.
 
Ninguna mujer debería ser madre en contra de su voluntad, pasar por calvarios en su maternidad o estar sola cuando necesita ayuda. Ya sé que hay padres solteros, que hay mujeres que se dedican a trabajar y sus parejas hombres que se encargan de las tareas del hogar, etc., pero no podemos darle la espalda a los datos. Según la comisión de mujeres de la ONU, las mujeres dedican entre 1 y 3 horas más que los hombres a las labores domésticas y entre 2 y 10 veces más de tiempo diario a la prestación de cuidados a los hijos e hijas, personas mayores y enfermas. El trabajo no reconocido ni remunerado casi siempre tiene rostro de mujer.
 
Perdón si te duele, pero te voy a contar algo: siempre que le pides ayuda a tu mamá y ella accede, recuerda que ella muy probablemente te quiere, le caes bien y hasta se siente feliz cuando está contigo, pero no creas que ayudarte siempre es la más grande satisfacción personal que ha tenido. Lo siento, me lo contó una pajarita.
 
Yo a veces extraño a mi mamá, le aprendí muchas cosas y me siguen acompañando muchas de sus palabras, pero extrañarla es una de mis más profundas contradicciones porque ella no era feliz y como me dijo Mariela Castro, una amiga feminista, “creo, y casi me atrevería a asegurarlo, que la maternidad solo se disfruta si es elegida y se nada en privilegios” y mi mamá, como muchas otras, no cumplía con ninguna de la dos premisas.
 

Crédito de foto: Envisioning the American Dream.

 


Juanita Acosta es estudiante de la UNAM y militante del Partido Obrero Socialista.

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