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Mi devenir en el proceso revolucionario – 30-30
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Mi devenir en el proceso revolucionario

Manuel Aguilar Mora

Mi devenir en el proceso revolucionario

Manuel Aguilar Mora

En estos tiempos en que el colapso de las izquierdas tradicionales al nivel mundial es evidente y en el que las amenazas contra el bienestar y la seguridad de los pueblos nos han arrojado a la barbarie, el dilema ya no es el clásico de socialismo o barbarie, sino de socialismo o muerte. La devastación destructiva de la marcha actual de la barbarie nos está llevando al precipicio de catástrofes humanas y del medio ambiente colosales.

 

La necesidad de la forja de otro mundo posible es ya una idea firmemente aceptada en los medios izquierdistas, pero las ideas que se derivan de ello no lo son tanto. Para lograr ese otro mundo posible también es necesaria otra izquierda y un programa verdaderamente radical, anticapitalista pues la raíz del desastre universal actual es precisamente el sistema capitalista-imperialista. Es así que no es gratuito hablar sobre experiencias socialistas marginales que desde hace décadas han sido críticas de las izquierdas tradicionales y han intentado poner en práctica otros caminos. También la izquierda tiene su izquierda: la izquierda revolucionaria. No podría faltar en un coloquio sobre la izquierda mexicana en el siglo XX un testimonio sobre este proceso que ha representado la vertiente trotskista de la extrema izquierda en la historia general de la izquierda en México.

 

Primeros pasos

 

Mi experiencia en ese girón del trotskismo de la izquierda revolucionaria en México arranca de los años 1958-59, años en que en este país, como en toda América Latina se inició la larga década de los años 60’s que tuvo su estrepitoso inicio continental con la victoria de la Revolución cubana a fines de 1958 y principios de 1959 y aquí, exactamente al mismo tiempo, en forma dramática con la insurgencia sindical ferrocarrilera que culminó con la terrible represión militar de los valientes trabajadores ferrocarrileros encabezados por Demetrio Vallejo. Como estudiante recién ingresado en elcampus de Ciudad Universitaria de San Ángel, igualmente recientemente inaugurado, fui protagonista de la experiencia de radicalización de una generación de jóvenes impactados por la poderosa influencia de esos acontecimientos, una experiencia que iba a marcar los estruendosos años sesenta aquí y en el mundo entero. Nunca olvidaré mi primera participación en un evento académico-político en enero de 1959 cuando asistí a los primeros Cursos de Invierno con los cuales Pablo González Casanova, director de la entonces Escuela Nacional de Ciencias Políticas y Sociales, inauguraba el plantel de la misma en el campus de San Ángel y en donde participó la crema y nata de la intelectualidad progresista del país (Carlos Fuentes, José González Pedrero, Víctor Flores Olea, Francisco López Cámara, Luis Villoro, José Luis Martínez y hasta Alfonso Reyes cuya participación, por cierto, fue su última presentación pública pues murió semanas después). Pero el plato fuerte de esas inolvidables conferencias fue la presentación de un barbudo recién venido de La Habana, Pedro Miret, quien puso la cereza final a unas jornadas en que la Revolución cubana fue el centro indiscutible de las discusiones y la atención de todos los participantes.

 

Las corrientes de la nueva izquierda que fueron surgiendo y fortaleciéndose durante esos años iban a realizar sus acciones partiendo de las concepciones existentes en el mundo de la izquierda de entonces, confrontándolas con su experiencia y sacando sus propias conclusiones. La influencia del ejemplo y la audacia de la dirección de Fidel Castro en Cuba fue determinante. Muchos de nosotros éramos ante todo “castristas”. Las excursiones de entrenamiento protoguerrillero en el Ajusco se hicieron muy frecuentes entre  jóvenes, principalmente estudiantes, pero también de trabajadores. Obviamente ese ejemplo cuajaría primeramente no en el asfalto de la gran urbe sino en el gigantesco hinterland del campo mexicano tan fértil tradicionalmente en experiencias guerrilleras.

 

Precisamente en estos días se conmemora el cincuentenario de la primera gesta revolucionaria en México directamente influida por la hazaña cubana, la del grupo lidereado por Arturo Gámiz que intentó iniciar una insurrección armada y fue brutalmente masacrado en la población de Madera en el estado de Chihuahua. El grupo de Gámiz había surgido de la organización juvenil vinculada al Partido Popular, la organización más importante de izquierda en los años cincuenta y que precisamente iniciaba entonces su precipitada decadencia a pesar de que en 1961 había agregado a su nombre el apellido de “Socialista”, convirtiéndose en el Partido Popular Socialista (PPS) –cambio de nombre que no significó, ni mucho menos, un cambio de política. Al contrario, su líder indiscutible, Vicente Lombardo Toledano, profundizó hasta la ignominia su trayectoria de oportunismo y de servil conciliacionismo con el gobierno priista que culminó después de la noche de Tlatelolco con un artículo –el último escrito antes de su muerte en noviembre de 1968– en el cual justificaba su apoyo a la política del presidente Díaz Ordaz con respecto al movimiento estudiantil-popular.

 

Como mencioné antes, desde los hechos acaecidos en 1958-59, muy pronto se hicieron sentir los primeros brotes de esa nueva izquierda que iba a cambiar el panorama de las acciones revolucionarias en los años sesenta. Precisamente en esos años, también en la juventud ligada al Partido Popular, surgió el primer grupo de jóvenes que fundaron el Partido Obrero Revolucionario (POR) al cual agregaron el apellido de “trotskista” para señalar muy tajantemente su filiación. Dos años después, en 1960-61, iba a surgir otro grupo de jóvenes, en esta ocasión de estudiantes de la UNAM, entre los que yo me encontraba, que sembraron la semilla de otro grupo trotskista: la Liga Obrera Marxista (LOM), directo antecedente de lo que sería en los años setenta y ochenta el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT).

 

De esta manera se reinició la trayectoria de una vertiente de la extrema izquierda, cuya presencia en el quehacer político de México durante los años cuarenta y cincuenta había sido tan errática que a veces parecía prácticamente inexistente. Un hecho que revelaba una contradicción evidente en la izquierda mexicana. ¿Cómo era posible que en el país en donde pasó sus últimos años León Trotsky, la corriente trotskista prácticamente había desaparecido después de su asesinato?

 

La ecuación mexicana

 

Precisamente el mismo asesinato de Trotsky explicaba dicha contradicción flagrante. México era al mismo tiempo el único país –en el gobierno del presidente Lázaro Cárdenas– que había abierto amistosamente sus puertas para darle refugio a Trotsky, el exiliado más famoso del planeta, perseguido con saña por el poderoso dictador soviético, José Stalin. Pero Cárdenas se había sobrepuesto a una importante oposición de seguidores mexicanos de Stalin, empezando por el hombre fuerte más poderoso del momento después del presidente, Vicente Lombardo Toledano, entonces jefe de la influyente Confederación de Trabajadores de México (CTM), quien se convirtió en el principal autor intelectual de la campaña estalinista contra Trotsky, primero por su expulsión del país y después por su liquidación física. El poderoso brazo de la represión estalinista se impuso y alcanzó a llegar a Coyoacán y culminó con el célebre pioletazo de la historia criminal del siglo XX en agosto de 1940.

 

Para que Stalin haya logrado su objetivo de liquidar físicamente en México a quien era su principal opositor en el movimiento comunista mundial a pesar de la protección y de la autoridad de un presidente tan popular y querido como Cárdenas (quien, por cierto, condenó tajante y públicamente el asesinato y acusó de “traidores a la patria” a todos los cómplices mexicanos del asesino), era necesario que hubiera un cierto espacio social y político favorable en la sociedad civil mexicana al estalinismo. Y en efecto, el estalinismo era muy poderoso en lo que era la izquierda mexicana en ese momento: en el movimiento sindical, con la hegemonía que ejercía el lombardismo; y al nivel partidario, el Partido Comunista Mexicano (PCM), por completo bajo el control de sus dirigentes estalinistas, reunía a la abrumadora mayoría de los militantes políticos de izquierda. De hecho, como se demostraría muy pronto con el estallido de la guerra entre la Alemania nazi y la URSS gobernada por Stalin, la influencia del estalinismo se expandió en la mayoría de los países del mundo, convirtiéndose en muchos de ellos –después de la heroica victoria del Ejército Rojo sobre las bandas hitlerianas– en la corriente dominante en la izquierda.

 

Una situación que en México era evidente para los observadores y los testigos que venían del exterior, como sucedió a muchos refugiados europeos. Por ejemplo, el testimonio de un exiliado muy sensible y conocedor de estas influencias, como era el poeta surrealista francés Benjamin Péret, es significativo al respecto. En una carta escrita a un amigo después de su reciente llegada a México en 1942, Péret desolado le decía: “Aquí estoy todavía un poco desorientado, sin saber muy bien cómo arreglármelas y sin un centavo. Lo peor es que, según la opinión general, no hay gran cosa que esperar aquí, materialmente hablando, a no ser de que uno sea estalinista, lo cual no es mi caso.” (Fabienne Bradu, Benjamin Péret y México, FCE, 2014, pag.27).

 

Y estas influencias llegaban no sólo a los medios sindicales y gubernamentales más directamente relacionados con los quehaceres políticos, sino que alcanzaban los medios artísticos y profesionales más selectos. Luis Buñuel, el célebre cineasta aragonés refugiado en México, le decía a otro refugiado español, el escritor Max Aub, en una de las entrevistas que éste le hizo: “Yo soy partidario de las dictaduras. Digan lo que digan, como el hombre es malo –dejando aparte que pueda tener de cuando en cuando arranques muy estimables–, me parece que la dictadura es la única manera de poder gobernar. Por eso fui estalinista y sigo siéndolo, para gran escándalo de todos mis amigos comunistas […]. Yo creo que Stalin no tenía más remedio que haber gobernado como lo hizo, cayera quien cayera, porque tenía que defenderse de cien mil trampas y emboscadas y traiciones”. (Max Aub, Conversaciones con Buñuel, seguidas de 45 entrevistas con familiares, amigos y colaboradores del cineasta aragonés, Madrid, Aguilar, 1985, pag.86).

 

La “nueva izquerda” internacional

 

Las más de cuatro décadas de la “guerra fría” generaron y al mismo tiempo estabilizaron un statu quo mundial en que el antagonismo y protagonismo de los dos bloques surgidos de la Segunda Guerra Mundial congelaron la lucha de clases, alimentándose mutuamente. En el primer bloque, al imperialismo de Estados Unidos le convenía mostrar el dominio dictatorial de la burocracia soviética como la imagen misma del socialismo realmente existente y justificar así su curso de armamentismo permanente, en lo que su ideología anticomunista llamaba su combate contra el “totalitarismo soviético”; y, por otra parte, los burócratas estalinistas y post-estalinistas ejercían su dictadura bajo el pretexto de la defensa contra las amenazas externas imperialistas al bloque soviético.

 

Fueron décadas en que las luchas de liberación de los pueblos eran atacadas y calumniadas como campañas de subversión comunista emanadas y auspiciadas desde Moscú. Y en el otro campo, las exigencias democráticas y las luchas por la implantación de un socialismo con “rostro humano” de los pueblos sometidos a los dictados de la burocracia soviética eran reprimidas y aplastadas, incluso con tanques, como movimientos procapitalistas.

 

En tales circunstancias no quedaba espacio, o era muy reducido, para alternativas que se erigieran por arriba y se confrontaran al mismo tiempo a Wall Street y al Kremlin. Ese fue el papel del movimiento trotskista, que después del asesinato de su fundador fue aun más arrinconado políticamente. En México muy eso fue muy notorio y condujo a una situación que se tradujo en la extrema debilidad de los grupos trotskistas autóctonos.

 

En los años sesentas, la erupción de rebeldía e indignación que se levantó masiva e internacionalmente contra la guerra imperialista en Vietnam fue el primer momento en que el mundo congelado de la “guerra fría” inició un primer deshielo. Se produjo, por tanto, la liberación de corrientes de izquierda heterodoxa, en especial en la juventud estudiantil, convertida ya en un sector masivo con importancia política creciente. La lucha de estos jóvenes, que comenzaron a influir a sectores de trabajadores también jóvenes, marcó con su impacto a los dos bloques de la “guerra fría” en jornadas memorables de la historia del siglo XX. Fue particularmente en el año insignia de la década, 1968, cuando se extendió mundialmente una oleada de rebeliones libertarias contra los sistemas establecidos y que se manifestó con más fuerza en Francia, Estados Unidos, Brasil, Checoeslovaquia, Japón y, por supuesto, México.

 

En México, el movimiento estudiantil-popular fue la fuente de una renovación sustancial de la situación de la izquierda. Una consecuencia de ello fue el crecimiento de los grupos trotskistas surgidos diez años antes, cuya trayectoria –con altas y bajas, convergencias y divergencias de las diversas interpretaciones prevalecientes en ellos– tuvo un primer importante resultado en la unificación de varios de ellos en lo que en 1976 surgió como el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), el primer partido trotskista habido en México y en cuya fundación y dirección participé durante veinte años.

 

Ya en la década de los años cincuenta había sucedido un hecho que provocaría el inicio del deshielo del monolito que era el domino estalinista en la izquierda mundial. Fueron las denuncias que la propia dirección soviética hizo en 1956 de los crímenes de Stalin, las que impulsaron un proceso de crítica y autocrítica que tardó en germinar pero que finalmente tuvo grandes consecuencias. Pero fue en la década siguiente, en los sesentas, cuando se dieron las condiciones para iniciar la superación de la política tradicional de la izquierda. Por ejemplo, la estrategia de la revolución por etapas –que planteaba que en México prevalecía una situación en la que se necesitaba forjar un frente nacional que incluyera a los sectores nacionalistas de la burguesía para lograr avanzar en la lucha antiimperialista– acabó siendo la justificación para el apoyo al régimen del partido oficial por parte del PPS y del PCM en los años cuarenta y cincuenta. En 1958-59, esta política recibió un gran golpe pero fue hasta 1968 que en la izquierda se llegó a un punto de crisis que planteó la necesidad de una completa reestructuración estratégica.

 

No todos los protagonistas afectados pasaron la prueba. El PPS, como dijimos, llevo su seguidismo y conciliación hasta el fin, apoyando abiertamente el curso represivo del gobierno de Díaz Ordaz. El PCM inició un giro como una oposición que exigía la democratización del régimen. Pronto las reformas electorales que se iniciaron en 1977 fueron suficientes para que cierta izquierda se insertara en el aparato electoral puesto en pie por el régimen priista. Luego, la crisis electoral de 1988 tuvo consecuencias importantes en el campo de la izquierda. El núcleo dirigente escindido del PRI, encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas, atrajo a la mayoría de una izquierda que, como quedó demostrado finalmente, no había logrado superar la concepción de la revolución democrática por etapas. El PCM (transformado primero en PSUM y después en PMS), grupos maoístas, sectores provenientes de experiencias guerrilleras e incluso grupos de origen trotskista se agruparon alrededor de la fracción escindida del PRI y así surgió el Partido de la Revolución Democrática (PRD), el cual dominó durante casi tres décadas el terreno de una izquierda sistémica hasta su colapso político fatal ocurrido durante los acontecimientos de la noche de Iguala en septiembre de 2014.

 

Surge el PRT

 

Fue en el espacio abierto a partir de los años sesenta donde se insertó la acción y el programa socialista revolucionario del PRT. Reivindicando un programa de independencia absoluta de los trabajadores y sus aliados respecto del Estado de la burguesía y de sus partidos, llamaba a la lucha por una revolución socialista en México, como la alternativa necesaria y única capaz de lograr la independencia y la soberanía nacionales en un proceso de revolución permanente. Sólo la lucha de los trabajadores oprimidos y sus aliados populares por la emancipación social y la liberación nacional llevarían a buen término todas las tareas no cumplidas de la revolución de 1910, que terminó siendo dirigida por los sectores de la burguesía antiporfiriana encabezada sucesivamente por Madero, después por Carranza y finalmente por Obregón y Calles, venciendo a las corrientes plebeyas más radicales representadas por el magonismo y, ante todo, por las fuerzas de trabajadores de la ciudad y el campo dirigidas por Zapata y Villa. El imperio del PRI fue el heredero institucional perfecto de las direcciones burguesas vencedoras en la revolución mexicana. Ante esta situación, sólo la reivindicación de una alternativa radical, independiente, libertaria y clasista, o sea, la de otra revolución, la socialista, podía proyectar realmente un nuevo orden social y político en México.

 

Las polémicas arreciaban. En el propio PCM surgieron corrientes que cuestionaban un curso que se mantenía dentro de los cauces de una política conciliadora, que no superaba el etapismo y la concepción de los frentes populares de la alianza de clases entre los trabajadores y los sectores “nacionalistas” burgueses. El más destacado crítico surgido de las propias filas del PCM, José Revueltas, se transformó en un incisivo e intransigente crítico del estalinismo. Con él trabamos una amistad política enriquecedora e inolvidable que se tradujo en una estrecha colaboración durante los días vertiginosos de 1968. Su encarcelamiento no rompió nuestras relaciones políticas y aunque éstas se enfriaron bastante cuando salió en libertad, estamos seguros de que, a no ser por su muerte en abril de 1976, hubiera cantado con nosotros La Internacional en la sesión inaugural del PRT en septiembre del mismo año, pues mantuvo hasta el final relaciones amistosas con nosotros.

 

El PRT durante sus dos primeras décadas emprendió con su base predominantemente de jóvenes un esfuerzo enorme por implantar en México una política revolucionaria independiente, libertaria e internacionalista que se expresó en diferentes sectores de intervención. Sin abandonar el sector estudiantil de donde venía gran parte de sus fundadores y dirigentes, logró insertar su acción y propaganda en sectores de trabajadores tanto en los tradicionales (electricistas, telefonistas, ferrocarrileros, etc.) como en los sectores surgidos en los cinturones industriales que rodean al Distrito Federal y a otras ciudades. También desde su fundación, el PRT acompañó al Comité Eureka de Rosario Ibarra de Piedra y las “doñas” en su lucha por la presentación de los desaparecidos, declarándose un partido feminista e impulsando la lucha de las mujeres en todos los espacios en que participaba. El PRT inició con los primeros núcleos políticos de compañeros gays la lucha por las libertades sexuales y mantuvo siempre inclaudicable su posición internacionalista que se manifestó de diversas formas, destacando sus actividades en la defensa de Cuba socialista, de las revoluciones de Nicaragua y El Salvador, de la lucha de los obreros polacos por sacudirse la tutela de la burocracia soviética, de la solidaridad con las organizaciones revolucionarias que surgían en América del sur. El PRT nació con compromiso esencial con el internacionalismo, participando en la construcción de una internacional revolucionaria, lo cual determinó su adhesión a una de las corrientes de la Cuarta Internacional, la representada por el Secretariado Unificado, integrado en 1963.

 

El PRT se atrevió también a aprovechar la coyuntura que significó la reforma electoral de 1977. Su primera intervención en las elecciones presidenciales de 1982, con la candidatura de Rosario Ibarra como la primera candidata mujer a la presidencia de la República, fue un éxito rotundo. En las presidenciales de1988, la postulación de nuevo de la candidatura de Rosario Ibarra, a contracorriente de la de Cuauhtémoc Cárdenas, significó mantener la independencia política del PRT que se pagó a un precio muy alto. La debilidad de la conciencia socialista y la persistencia poderosa del seguidismo tradicional izquierdista a las alternativas burguesas, afectó directamente al PRT, dividiéndose sus filas prácticamente por la mitad. Fue el inicio de una decadencia que se agravó por la decisión de la mayoría de su dirección de seguir practicando una política electoralista que ya no conduciría sino al desdibujamiento del carácter revolucionario del PRT, al sumergirse en los pantanosos laberintos de las exigencias de leyes profundamente antidemocráticas cuyo objetivo es atar a los partidos “registrados” a un electoralismo estéril que los hace vulnerables a la corrupción oficial. Para un grupo de compañeros, en el cual yo participaba, esta nueva situación significó que ya no teníamos nada que hacer en la organización, y en 1996 decidimos emprender un nuevo comienzo con la fundación de la Liga de Unidad Socialista (LUS), organización en la cual milito actualmente.

 

La extraordinaria experiencia del Ejército Zapatista de Liberación Nacional cimbró por supuesto a la izquierda. La oportunidad de su revitalización y fortalecimiento, sin embargo, se perdieron por las limitaciones regionales y programáticas de la dirección neozapatista, la cual de hecho no fue capaz de encauzar el enorme caudal de apoyo y adhesión populares que surgieron en la defensa y en solidaridad con su lucha.

 

La encrucijada actual

 

La encrucijada en la que hoy nos encontramos en México y en todo el mundo representa un reto de dimensiones históricas. ¿Cómo actuar ante tal situación? La búsqueda de la respuesta a esta pregunta es la materia de reflexión y de discusiones en los sectores revolucionarios de todos los signos. La lección de los trágicos acontecimientos que en el siglo XX condujeron hasta la situación actual es materia de análisis profundos por parte de los más lúcidos que, con su experiencia, contribuyen a guiarnos por  los complicados senderos de la realidad de nuestros días. Ante todo, nos convocan a ejercer más que nunca el pensamiento crítico, el cual con su rigor y exigencias, nos despeja el camino ante el sombrío panorama que enfrentamos. Por ejemplo Guillermo Almeyra en su interesante testimonio autobiográfico nos dice:

 

“Tengo conciencia también que los socialistas, dos siglos después de Marx, somos hoy una ínfima minoría y no tenemos una organización internacional digna de  ese nombre y que el concepto mismo de Socialismo ha sido terriblemente desprestigiado por los regímenes y partidos estalinistas o estalinizados [.…] Por eso, [….] no creo en los “ismos”, aunque durante muchos años de ignorancia y superficialidad fui “marxista” y “trotskista”, y por esa razón aplico el pensamiento crítico a quienes considero mis maestros: soy, como ya he dicho, un “seguidor laico” de Copernico, Darwin, Marx, Lenin y Trotsky y todo el que aporte algo a la liberación de los seres humanos de las tinieblas y las cadenas.” (Guillermo Almeyra, Militante crítico. Una vida de lucha sin concesiones, Buenos Aires, 2013, pag.368).

 

Estas son profundas y bellas líneas en las cuales el compañero Almeyra ha destilado su experiencia de 70 años de lucha infatigable como un “militante crítico”.

 

Pero aprendiendo de sus lecciones, también considero que el mismo Almeyra se equivoca al objetar y, de hecho, desprestigiar los esfuerzos de quienes consideramos que es necesario comenzar desde ya los primeros pasos de la construcción de las organizaciones revolucionarias, cuya existencia es tan urgente para culminar con éxito las luchas espontáneas que surgen de manera constante en el trajín cotidiano de los trabajadores y demás sectores oprimidos. Aquí la experiencia de otro lúcido luchador nos permite clarificar la situación en que se encuentra ese esfuerzo permanente y difícil que es la construcción “partidaria revolucionaria”. Nos dice Daniel Bensaïd en su autobiografía:

 

“Cambiar el mundo es más difícil, sin duda, de lo que Marx y nosotros mismos habíamos creído. Y no obstante no es menos necesario hoy de lo que era ayer. La necesidad impaciente de otra cosa comienza a moverse de nuevo en las manifestaciones internacionales de los diversos foros sociales [….]. La sospecha hacia las lógicas del poder es saludable, sin duda.  Pero ¿se puede imaginar una política sin autoridad, sin poderes, sin organizaciones, sin partidos? Sería una suerte de política sin política. Los discursos de moda sobre la crisis de la “forma partido” son, en primer lugar, una manera de eludir la cuestión de los contenidos y de los proyectos estratégicos. Puede ser que la construcción de una organización revolucionaria sea tan necesaria como imposible, como el amor absoluto en las novelas de Marguerite Duras. Pero ello no ha impedido enamorarse nunca a nadie.” (Daniel Bensaïd, Une lente impatience, París, 2004, pags.446, 453).

 

En México hoy nos encontramos en el quiebre radical en la política del poder priista que ha significado el gobierno de Peña Nieto, atorado con el aborto de sus famosas “reformas estructurales de tercera generación” y con una crisis política que los acontecimientos de la noche de Iguala y los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos ha profundizado a un agujero que parece no tener fondo. En tal situación, la izquierda verdadera, la que lucha por un cambio radical, no puede conformarse con el electoralismo de un proyecto como el de Morena (que todo indica que será una repetición del PRD). En cambio las luchas que hoy se emprenden contra dichas reformas –en especial la de los maestros agrupados en el Sindicato Nacional de los Trabajadores de la Educación (no sólo de la corriente militante y rebelde representada por la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación), la de los trabajadores petroleros que resisten los planes de desempleo masivo que tiene el gobierno para Pemex, la de los trabajadores electricistas que han aprendido la dura lección de la derrota sufrida por los trabajadores del SME (como consecuencia de la desaparición de la compañía de Luz y Fuerza del Centro)– y, en general, la situación tan difícil de todos los trabajadores que se defienden como pueden de la ofensiva brutal de los patrones contra sus salarios y sus condiciones de vida, todo ello apunta a que los trabajadores y oprimidos de México se percaten de que deben iniciar lo más pronto posible la construcción de su propia organización partidaria que los defienda y los prepare para poner en práctica la contraofensiva estratégica proletaria, cuya necesidad es tan urgente.

 

Nosotros apostamos, contra todo escepticismo –tan de moda en estos días decadentes del cinismo neoliberal– a las potencialidades de inteligencia y combatividad de los trabajadores y del conjunto de los oprimidos, que se desplegarán con toda su fuerza en los próximos ascensos revolucionarios. Así, nos esforzaremos más que nunca en proseguir la lucha por la revolución socialista en México y en toda América Latina. Un combate internacional que acabe con la podredumbre del capitalismo y comience la construcción de un nuevo orden mundial humanista, democrático e igualitario, verdaderamente socialista y digno de la humanidad.

 

Crédito de imagen:  Daniel Lobo vía Flickr.


Manuel Aguilar Mora es dirigente de la Liga de Unidad Socialista. El presente texto es una versión corregida y aumentada de una ponencia del autor en la mesa “Pensamiento Crítico” junto a Enrique Dussel, Gabriel Vargas Lozano y David Pavón-Cuellar, dentro del Coloquio sobre “La izquierda mexicana del siglo XX. Trazos y perspectivas”, en el Centro Cultural Bella Época de la ciudad de México el 9 de septiembre de 2015.