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Mahatma Gandhi, ese racista imperialista – 30-30
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Mahatma Gandhi, ese racista imperialista

Camilo Ruiz Tassinari

Mahatma Gandhi, ese racista imperialista

Por Camilo Ruiz Tassinari

A setenta años de su muerte, Gandhi sigue siendo una figura mítica. Todo discurso de resistencia no-violenta encuentra en él sus raíces últimas. A la fecha, millones de personas lo siguen viendo como una figura de gran estatura moral, y creen en su estrategia de lucha pacífica.
 
Eso por los hipsters y hippies de occidente. Pero en la India Mahatma Gandhi es una figura mítica en el sentido literal de la palabra. No sólo es el padre de la patria, es un semi-dios reverenciado y cuyas decisiones e ideas políticas simplemente no pueden ser criticadas. Los dos principales partidos -uno es de extrema derecha- lo idolatran.
 
Por eso es particularmente valioso que durante el último año hayan aparecido dos obras históricas profundamente críticas de la verdad oficial. Uno, The South African Gandhi, fue escrito por dos historiadores de una universidad sudafricana. El otro lo escribió la principal intelectual de izquierda india, Arundhati Roy, como un largo prólogo a la nueva edición de Aniquilación de la Casta, un texto de 1936 de B.R Ambedkar, el más importante rival político de Gandhi en los años previos a la independencia. Ambedkar era el líder de los dalits, la casta más baja y más explotada –durante la colonia y a la fecha- y Aniquilación de la Casta es uno de esos textos incómodos para el poder que se difunden a través de reimpresiones y reimpresiones piratas a lo largo de las décadas. Gandhi defendió los privilegios de las castas altas durante toda su vida, y Ambedkar creía que ahí se encontraba el origen de la gran tragedia india. Que Arundhati Roy, la más importante intelectual de la izquierda india, y una de las escritoras más brillantes del subcontinente prologue a Ambedkar no es cosa menor. Que su prólogo-libro demuestre que Gandhi estuvo siempre contra la liberación de las castas oprimidas es romperle las rodillas al nacionalismo indio.
 
¿Qué dicen esos dos libros? Ambos se enfocan en los años en Sudáfrica de Gandhi como el momento que definió sus opiniones hacia la casta, la raza y el imperio británico.
 
En toda la costa índica de África ha habido desde hace siglos una comunidad importante de mercaderes indios. En Sudáfrica ésta se hizo más grande a raíz de la colonización británica: junto a los ricos mercaderes llegaron cientos de miles de coolies, de trabajadores semi-esclavizados indios. Gran Bretaña sólo tenía control efectivo sobre una pequeña franja costera; tierra adentro, las repúblicas de Boers –inmigrantes holandeses, que habían llegado dos siglos antes- eran de facto independientes y existían decenas de reinos bantús de diferente tamaño.
 
Gandhi llegó a esta Sudáfrica a finales del siglo XIX, como empleado de un rico comerciante indio. Los indios tenían derechos comerciales y económicos –algunos eran absurdamente ricos- pero no políticos; frente a los blancos, eran súbditos de segunda categoría. Frente a la enorme masa de negros, su posición económica los hacía pertenecer a otra dimensión. El imperio era injusto, era racista, y Gandhi reaccionó inmediatamente ante estas injusticias, luchando valientemente por igualdad… para los indios, no para los negros. Ni siquiera: para los indios ricos, no para los coolies.
 
La primera campaña que Gandhi dirigió en Sudáfrica, y la que lo catapultó a la fama, buscaba que el gobierno británico abriera una tercera puerta en las oficinas postales. ¿Una tercera? Había una para los blancos, y una para los no-blancos, donde entraban por igual los indios millonarios y los negros. A Gandhi le parecía aberrante que los indios tuvieran que pasar por la misma puerta que la escoria humana: “los ingleses y los indios –le escribió a la asamblea legislativa- provienen de la misma raíz, llamada indo-aria” y “los indios estamos siendo empujados a la misma posición de los vulgares negros”. Luego: “los negros, como regla, son incivilizados”. “No podemos ignorar el hecho de que no hay nada en común entre nosotros y ellos.”
 
Como dije antes, no se trataba de defender a los indios en general. Poco después escribió sobre los coolies: “Independientemente de que sean hindús o musulmanes, no tienen ninguna educación religiosa o moral digna de ese nombre (…) han llegado a un momento de la vida en el que sus facultades morales han colapsado completamente.”  Y luego: “Nunca he intentado mostrar que en Sudáfrica los indios sujetos a trabajo forzado hayan recibido un trato cruel.”
 
Gandhi llegó al paroxismo unos pocos años después, cuando los Boers y los ingleses entraron en guerra. Esta fue probablemente la primera guerra industrial de la historia. Los ingleses inventaron aquí los campos de concentración, en donde mataron a decenas de miles de campesinos Boers.
 
La Corona reclutó a la fuerza a miles de indios coolies, pero Gandhi y un grupo de mercaderes se ofrecieron como voluntarios. Los metieron al cuerpo de ambulancias, donde curaban heridos.
 
Gandhi desarrolló una visión bastante imbécil de los campos de concentración. Los comparaba con un ritual espiritual de resistencia pacífica (que por cierto sería lo mismo que después recomendaría a los judíos en Auschwitz): “Las mujeres Boers entendieron que su religión les exigía preservar su independencia y por tanto, paciente y felizmente, aguantaron todas las dificultades… Se murieron de hambre, pacientemente sufrieron el frío devastador y el calor calamitoso. A veces un soldado intoxicado por el alcohol atacaría a estas indefensas. Incluso así no se moverían.”
 
Tras la guerra, la Corona le prometió a todos los oficiales que les haría llegar un pedazo de “chocolate de la reina” en agradecimiento a sus servicios. Gandhi le escribió al Secretario de las Colonias: “Sería enormemente apreciado y visto como un tesoro si el regalo que Su Majestad ha prometido fuera extendido a los líderes indios.” Por supuesto, le dijeron que no, que el chocolate era sólo para los blancos.
 
Pero Gandhi era terco. El siguiente año expuso su programa político: buscar la “Hermandad Imperial”, lo que “todos los amigos del imperio deberían buscar”. Tendría una última oportunidad para hermanarse. En 1906, el reino Zulu se rebeló. En el pasado, ya habían derrotado al ejército imperial, así que mientras la Sudáfrica  se preparaba para la guerra, Gandhi le escribía a la comunidad india:
 
“¿Cuál es nuestro deber en estos tiempos conflictivos? No nos toca a nosotros decir si la revuelta de los zulus está o no justificada. Nosotros estamos aquí gracias al poder británico. Nuestra existencia depende de él. Por lo tanto, es nuestro deber darle toda la ayuda que podamos. Ya declaramos que, en esta guerra, la comunidad india está preparada para jugar su parte; lo que hicimos durante la guerra Boer debe ser hecho ahora otra vez (…) Si tan solo el gobierno se diera cuenta de la fuerza de reserva que está desperdiciando, la utilizarían y le darían a los indios un verdadero entrenamiento para enfrentamientos reales”. Gandhi no se enlistó en la infantería de choque porque los británicos no lo dejaron.
 
Publicado también en El Barrio Antiguo.


Camilo Ruiz es co-editor de 30-30.

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