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La guerra civil española: la lúcida mirada de una mujer descalificada – 30-30
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La guerra civil española: la lúcida mirada de una mujer descalificada

Cuauhtémoc Ruiz

La guerra civil española: la lúcida mirada de una mujer descalificada

Cuauhtémoc Ruiz

Este 2017 se cumplen 80 años de la guerra civil española, uno de los acontecimientos más importantes del siglo pasado. “Memorias de España, 1937”, de Elena Garro, es un testimonio penetrante y crítico de esta gran derrota sufrida por los trabajadores. La poblana apenas tenía 20 años cuando llegó a España casada con el futuro premio Nobel, Octavio Paz, que tenía 23. Acudieron al II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, que congregó a Tolstoi, André Malraux, Nicolás Guillén, Neruda, Miguel Hernández, León Felipe…, una pléyade de intelectuales, algunos pintados magistralmente en este pequeño libro de menos de 160 páginas.

 

La España republicana y socializante fue también el experimento que preparó la Segunda Guerra Mundial con la población civil como blanco de guerra. Fue una gran Guernica en la que los bombardeos continuos y sistemáticos sobre las ciudades castigaron duramente a los que osaron sacudirse la monarquía. La reciente destrucción de la segunda ciudad más grande de Siria, Aleppo, por el dictador Bashar Al Asaad, está inspirada en esos hechos lejanos. En el relato de Garro, las bombas y el hambre son dos de los principales protagonistas. Por accidente entró a un lugar habilitado como hospital en el que, sin anestesia, amputaban la pierna a un jovencito herido. Y en una fonda le dicen que ya no tenían ni sándwiches de perro porque ya se habían comido a todos los canes.

 

Garro denuncia al presidente de los EU, Roosevelt, y a los gobernantes europeos que decidieron no intervenir en España en contra de los fascistas. Pocos años después, en gran medida empujados por sus clases trabajadoras, tendrían que hacer la guerra contra Hitler, Mussolini y el Mikado. Antes, el imperio más poderoso de esos años, el británico, había intentado a través del primer ministro Chamberlain un acuerdo con los nazis.

 

Además de la interesada abstención de los imperialistas “democráticos” y de los fascistas, un tercer enemigo de los trabajadores actuó en esta guerra: el stalinismo. Mientras se desarrollaba la guerra de los republicanos contra los “nacionales” de Franco, el Partido Comunista Español y los enviados de José Stalin organizaron otra guerra, contra anarquistas y trotskistas, para liquidar el ala izquierda de la revolución. Y lo lograron: miles fueron asesinados, entre ellos figuras legendarias y románticas como el anarquista Buenaventura Durruti y Andreu Nin, traductor de León Trotsky y líder del POUM, un partido radical. Stalin prefería vérselas con los nazis (y poco después acordó con ellos descuartizar y repartirse Polonia) que con una revolución social triunfante como la que se desarrollaba en España, con el pueblo en armas, organización obrera y popular y encabezada por corrientes políticas desafectas.

 

Los stalinistas impusieron su régimen policial y de terror en España y Elena lo registra cada tanto, pues era tan terrible y opresivo como la metralla y la falta de comida. Por todos lados, dice, había carteles llamando a la población al silencio, con el pretexto de que el enemigo franquista escuchaba. La “checa” (ya llamada NKVD) el órgano de espionaje y represión que usaba Stalin en la URSS contra los disidentes fue exportado a tierras hispanas en donde actuaba con gran eficacia. Aun los intelectuales favoritos de los stalinistas hablaban en voz baja. “´Cuidado con lo que escribes, hay censura’”, le dijo Octavio Paz, quien “leía y corregía mis cartas antes de echarlas al correo”, recuerda Garro.

 

La misma Elena estuvo a punto de ser desaparecida por la checa. Cuenta que entraron a un restaurante en Valencia en el que las mesas eran de uso colectivo, así que a ella le tocó sentarse con unos soldados, con quienes conversó. En el acto fue detenida por chequistas vestidos de civil que la acusaron de ser una espía inglesa que quería obtener secretos militares. Sus acompañantes entraron en pánico pues sabían que si se la llevaban nunca la volverían a ver. Por suerte en el lugar había un cartel en el que se anunciaba una conferencia de Octavio Paz, que sólo así pudo identificarse y salvarla.

 

El régimen stalinista impuesto en la España republicana incluía privilegios que se ostentaban, como la comida dada a los intelectuales congresistas. En Peñíscola se les ofreció un banquete: “la comilona fue, como siempre, pantagruélica… el pueblo estaba racionado y pasaba hambres severas.” “En Minglanilla, en donde hubo otro banquetazo, nos rodearon las mujeres del pueblo para pedirnos que les diéramos algo de lo que iba a sobrar del banquete.”

 

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Una de las presencias más importantes en este relato es Silvestre Revueltas, músico genial, quizá el más importante en México en el siglo XX, que padecía de un avanzado alcoholismo. Hermano del escritor José y del pintor Fermín, había llegado por su cuenta a España, pues no fue invitado por el PCM, partido al que nunca se afilió y del que era crítico. Silvestre, además, vivía en la miseria y el largo viaje de meses fue por ello para él todavía más, mucho más penoso. Muy pocos de sus compañeros “comunistas” y cardenistas lo ayudaron. A Elena le encargaron hacerse cargo del músico. Los pleitos entre ambos eran cotidianos pero era evidente que se querían. Dice que le ofreció al músico una capa para un concierto pues el único frac que tenía para presentaciones –alquilado- lo había rasgado al levantar los brazos para agradecer aplausos. Aceptó la capa pero para presentarse en un concierto en México, en el que estrenaría una de sus obras más conocidas, El renacuajo paseador. Sin embargo, dice Garro:

 

“Mi capa no sirvió de nada, pues la noche del estreno se murió de pulmonía. ¡Así es la vida! Él, el artista más pobre, que no tuvo ni para comprarse un abrigo en España, por lo que armé un escándalo con los compañeros cuando propuse que cotizáramos todos para comprárselo, tuvo en su entierro coronas de gran lujo. [….] Ante su tumba abierta estaban todos los intelectuales que nunca le resolvieron sus problemas, excepto Juan de la Cabada. […] Mientras lo enterraban, recordé los fríos que pasaba en Madrid y la mesa de los ‘martillos categóricos’ en la que propuse comprarle el abrigo, pero ‘mi ponencia’, la única que hice en España, fue rechazada con indignación. A corto plazo, el camarada Silvestre con el que tantas riñas tuve era un perdedor… a largo plazo es diferente y los ‘intermediarios’ de la cultura, que afirman que los ‘intermediarios deben ser eliminados’, lo saben, pero no lo entienden…”

 

Sobre César Vallejo, que residía en París, Elena denuncia el “sabotaje” del poeta chileno Pablo Neruda –alto dirigente del PC de su país- contra el peruano:

 

“Nunca entendí la manía que le tenía Pablo Neruda a César Vallejo ni la persecución que ejercía contra él. En España Pepe Bergamín me dijo: ‘Envidia de La Chirimoya’ (Así llamaba a Pablo). ‘¿No recuerdas que era muy envidioso? Y como los dos eran poetas de América, pues no se lo perdonaba, sobre todo que Vallejo era mucho mejor poeta que él, ¡La Chirimoya no era tonta y lo sabía…!’

 

“Sí, algo pasaba con César Vallejo, estaba muy aislado, vivía con Georgette, su mujer, en un hotelito muy pobre del barrio latino y formaban una muy hermosa pareja: ella menuda, blanquísima, de ojos verdes de gato y él enjuto, alto, moreno, de rasgos indígenas muy severos. Estaban muy pobres e iban vestidos con ropas raídas y ligeras para la crudeza del invierno. Georgette, siempre muy cerca de él, levantaba la vista para contemplarlo con veneración. Una noche en la que fuimos con ellos a un mitin, Vallejo quiso colocarse hasta adelante, para no perder ni una palabra de lo que allí se iba a decir. El teatro estaba repleto y nos quedamos de pie en el pasillo, muy cerca de la escena. A mí no me interesaban los oradores, me fascinaba el rostro grave de Vallejo, como si estuviera devorado por un terrible sufrimiento, y no pude quitarle la vista de encima. Él se dio cuenta de cómo lo miraba y me echó un brazo al cuello, sin dejar de escuchar a los oradores. A su contacto, me invadió una corriente de bondad que nunca más he vuelto a sentir. Aquel hombre era un hombre aparte, era un poeta. Creo que la poesía va unida a la profundidad de la bondad. Todavía veo su suéter de lana cruda y sus ojos trágicos.

 

“César Vallejo nunca se quejó. Tal vez sabía que el hombre moderno tiene el corazón de piedra y que era inútil pedir socorro. Nosotros no podíamos imaginar la miseria que sufría; los jóvenes, o cuando menos yo, carecen de imaginación para adivinar el sufrimiento y el terror que ocasiona el hambre. Yo sentía que Vallejo era desdichado, pero no sabía la causa a pesar de su mirada febril y terriblemente profunda. Vallejo se sentía el elegido de la desdicha. Los mayores conocían a fondo el drama de Vallejo, pero preferían el mutismo y hacerle el vacío. El desdichado nunca tiene razón, siempre es culpable. Nosotros sabíamos que Neruda no lo quería, peo no imaginábamos que su poder fuera tan grande como para hundir a Vallejo en aquella desgracia. Poco tiempo después supe que Vallejo había muerto de hambre en París. ¡De hambre! No era una frase, era una terrible verdad. Su muerte me produjo una impresión extraña. Los comunistas tenían razón: unos eran demasiados ricos y otros demasiados pobres, y esto se daba hasta entre los propios comunistas.”

 

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Este es un libro que cuenta lo ocurrido en uno de los años más tristes del siglo XX, con la derrota inminente del campo republicano ante el general Francisco Franco, el ascenso de los fascistas en Europa y el sangriento esplendor del stalinismo con sus purgas de revolucionarios y de militares. Fue “medianoche en el siglo”, como dijo Víctor Serge. La pluma de Elena Garro recogió el abatimiento del pueblo español y de algunos de sus más valiosos exponentes como fueron León Felipe, Miguel Hernández (muerto de tuberculosis al regresar a España), Antonio Machado… Y de las mujeres enlutadas y de los niños buscando siempre algo para comer en las calles, pintados en el infortunio aunque siempre dignos y respetables. En medio de tanto dolor el entonces ya viejo León Felipe y la muy joven Elena pasan días enteros en París… ¡jugando en la mesa de un hotel al futbolito! Lo hacían hasta las cuatro de la mañana. Lo menos importante en esas circunstancias era visitar los museos y los sitios históricos de la Ciudad Luz, luego de volver del País de las Tinieblas. En medio del dolor y la precariedad a veces se encontraba oportunidad para el juego, el humor y la risa, como cuando entraron a las habitaciones del palacio de un duque y se disfrazaron con la ropa de los aristócratas: de paje, cochero, príncipe…

 

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Octavio Paz, ese gigante de las letras, es un protagonista siempre presente de esta historia, aunque su entonces esposa, Elena, nunca le dedica expresamente, como a otros, una, dos o tres páginas. Pero de las pocas referencias a Paz o de sus silencios, omisiones y algunos actos se pueden extraer interesantes conclusiones sobre el más laureado intelectual mexicano. Una de ellas es su papel como compañero, que aparece controlador. Llevó a Elena a casa de unos familiares españoles para deshacerse de ella. Unas horas después, Garro escapó de ese encierro, tomó un tren y estaba otra vez con la palomilla de mexicanos y con Paz. Con pocas pero demoledoras palabras sintetiza así su relación:

 

“Durante mi matrimonio, siempre tuve la impresión de estar en un internado de reglas estrictas y regaños cotidianos, que, entre paréntesis, no me sirvieron de nada, ya que seguí siendo la misma.”

 

En relación con el stalinismo, Octavio Paz, militante del PCM, no manifestó en ese momento mayor crítica. Elena cuenta que mientras declamaba en un teatro se apareció frente a él una persona conocida, nada menos que el que lo había iniciado en el marxismo y al que le había dedicado su poema “¡No pasarán!” Juan Bosch –o alguien muy parecido a él, pues se tenía la noticia de que había muerto- los siguió para pedirles ayuda, un pasaporte para poder escapar pues era del POUM y estaba en la mira de los stalinistas. Paz no se arriesgó por la persona que lo había iniciado en la rebeldía. Paz se apartó después del stalinismo, pero para adoptar posiciones anticomunistas. En los últimos años de su vida regresó al redil, a apoyar al patético Mijail Gorbachov, el último secretario general del PCUS, un Stalin sin poder aunque también asesino y represor.

 

Pero es de destacar la solidaridad de Paz para con Silvestre Revueltas en París, cuando se preparaban para volver a México en este año 1937. El músico ya era una celebridad pero, como ya hemos dicho, funcionarios de Lázaro Cárdenas, como el embajador en Francia Adalberto Tejeda, lo querían para lucirse a su lado en los conciertos pero no estuvieron dispuestos a hacer nada para colaborar para que regresara a México, pues no tenía para pagar un pasaje. Octavio y Elena cambiaron sus dos boletos de segunda clase en barco por tres boletos de tercera clase en un viaje de 20 días. Así es como pudieron salir de Europa, sin un centavo en los bolsillos, ni siquiera para pagar naranjas para el mareo (que Elena tuvo que robar). Tampoco tenían para el tren de Veracruz a la Ciudad de México. Paz telegrafió a su madre para que le enviara dinero al puerto mexicano y al pagar los gastos de Silvestre apenas les alcanzó para viajar en los vagones más baratos del ferrocarril. Además de la solidaridad económica, se encargaron de cuidar durante semanas a un hombre enfermo y obeso que se tiraba a correr entre la lluvia por las calles de París gritando que era Charles Chaplin, que luego se desplomaba, dormía y al que debían de cargar para llevarlo al hotel.

 

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Elena Garro, autora de una de las mejores novelas mexicanas, Los recuerdos del porvenir, y de muchos otros textos notables, es una figura marginada. A Octavio Paz, aun con su gran influencia, le costó mucho que fuera publicada. El libro que estoy reseñando es una pieza maestra de la literatura del que sólo existe la primera edición. Memorias de España, 1937 (Siglo XXI, 1992), carece de prólogo o presentación, seguramente porque ninguno de los intelectuales de ese tiempo quiso opinar sobre un texto en el que la autora, para usar una expresión original, dejó a la mayoría de títeres sin cabeza. Y estos personajes fueron algunos de los más destacados intelectuales y/o políticos mexicanos, hoy oficialmente respetados y venerados. En una línea del único párrafo que se incluyó en la cuarta de forros del libro, el editor dice cosas reveladoras de la actitud del stablishment cultural ante ella: este libro de Garro, un ejemplo del arte de narrar y con una prosa a un tiempo sencilla y elegante, llena de fuerza expresiva y belleza, apenas se le considera “un vívido y sabroso relato, muy personal, de aquellos años.” Se la trata como si fuera una “vieja argüendera” que entretiene con sus chismes picantes. Y lo de que sus puntos de vista son algo “muy personal” (claro, un autor generalmente escribe para reflejarse a sí mismo y no para hacerlo en nombre de otro) aquí significa que los editores guardan distancia, no comparten para nada la pluma punzante de la autora.

 

En el ostracismo de Garro cuentan sus errores políticos o, mejor dicho, ellos le dieron a sus adversarios el pretexto para hacerle el vacío a quien generalmente expresó con franqueza, inteligencia y valentía sus convicciones. Tuvo un yerro garrafal, haber denunciado que el movimiento de 1968 había sido una conspiración de los comunistas e intelectuales. Esta traición no es más grave que muchas cosas que han hecho algunos de los más reconocidos, admirados y laureados intelectuales mexicanos. Sólo pensemos en Vasconcelos; en el echeverrista Carlos Fuentes; en el mismo Octavio Paz, salinista y televiso; en tantos intelectuales que sirvieron a la dictadura del PRI y a los que les pagaron espléndidamente sus servicios. Pero esto se les perdona o se es indulgente con ellos.

 

Elena Garro es hoy una figura marginada y cuestionada al menos por dos o tres cosas más: por su denuncia a un tiempo feroz y lúcida del stalinismo y los stalinistas. De su relato salen bien librados muy pocos, como Juan de la Cabada.

 

Lo otro que no se le perdona a Garro es que haya sido mujer.

 

Foto del “Guernica” de Picasso tomada por Manuel Galrinho.


Cuauhtémoc Ruiz es dirigente del Partido Obrero Socialista.

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