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El “juego de diablos” en Cuajinicuilapa – 30-30
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El “juego de diablos” en Cuajinicuilapa

Zared Abigail Vázquez Sánchez

El “juego de diablos” en Cuajinicuilapa

Zared Abigail Vázquez Sánchez

México tiene costumbres fuera de lo común, y estas tienen su historia. Nuestro país tiene diversas expresiones culturales que coexisten en un mismo espacio, ya sea geográfico, físico y/o social. Y algunas tradiciones tienen un origen político, donde las relaciones de poder que les dieron origen hoy son difíciles de percibir por su aire folklórico, inofensivo.

 

En Cuajinicuilapa, Guerrero, las “danzas rituales” cuentan historias sobre los antepasados o sobre el origen de las cosas. Aquí, estas danzas nunca faltan en las fiestas locales.

 

El “juego de diablos” o “danza de diablos” es una danza común entre los afrodescendientes de la Costa Chica de Guerrero y Oaxaca. Para entender el contexto en el que surgió esta danza, hay que remontarse siglos atrás, cuando los evangelizadores católicos que llegaron a la Nueva España buscaban que los indígenas abandonaran sus creencias para que abrazaran la fe cristiana. En Cuajinicuilapa y sus alrededores, los evangelizadores decidieron centrar su prédica en la figura del diablo, con el fin de explicar la visión cristiana del bien y el mal.

 

Además de su religión, los españoles también trajeron esclavos de África. Los negros eran destinados a los trabajos más pesados, recibían malos tratos y su alimentación estaba lejos de ser la mejor. Esta parte de la población, la negra, también traería costumbres de sus tierras de origen. La danza de los diablos, de hecho, proviene de un ritual dedicado al dios negro Ruja, a quien honraban y pedían ayuda para ser liberados.

 

En esta danza, el Diablo es considerado como un afro mestizo más. La danza se interpreta por un grupo de 24 danzantes en dos columnas, todos masculinos. Y entre ellos, el diablo mayor es Tenango, el cual dirige y cuida de su rebaño, habita los montes, las cuevas y pueblos subterráneos junto con los otros demonios o espíritus; es dueño de los chivos, vacas, venados y de las alimañas ponzoñosas. Como explica un documental del INAH, “el demonio no es concebido como un ser bueno o malo: es un personaje dual”.

 

En la danza, también está presente la esposa del Tenango, la madre de los diablos, la cual lleva por nombre Minga. Atrevida y coqueta, ella baila con sus hijos, con el público.

 

Los diablos se visten con prendas maltratadas, viejas y rotas, en su mayoría de color negro, con flecos en los bordes. Usan paliacates rojos en una mano, la cintura, el cuello o en la cabeza. Todos llevan una máscara de madera o cartón con una cornamenta de venado, pelo y barba de crin de caballo. El Tenango utiliza chaparreras y su atuendo es más elegante que el de los demás diablos; la Minga usa ropa amplia de colores chillantes, blusa, falda y rebozo.

 

Al ser una danza ritual, el juego de diablos tiene su música, la cual es producida por instrumentos también de origen africano, creados por los mismos pobladores. Por ejemplo, la charrasca, que es una quijada de burro o caballo usada para percusiones, o el bote o tigrera, que es parecido a un tambor, pero cuyo cuero se conecta a una vara, la cual untada con cera campechana que produce un sonido particular.

 

Con el tiempo, el concepto de adoración al dios Ruja se traslapó con la celebración del Día de Muertos, por lo cual se baila únicamente los días 1 y 2 de noviembre.

 

En palabras de un habitante de Cuajinicuilapa:

 

“En esos días, dios les da permiso a los muertos de visitar a los vivos; para que disfruten de las ofrendas que sus familias les ofrecen, las cuales llevarán los gustos del muerto [cuando estaba] en vida. Como los diablos son los que cuidan a los difuntos en el otro mundo, también dios les da permiso de salir, por lo que los diablos salen a cuidar a los muertos y a hacer sus fechorías, por ello, les compusieron una danza”.

 

En su forma actual, como vemos, la danza de los diablos es ya una mezcla de elementos afros (la danza en sí) e indígenas (el día de muertos). Tal vez esta danza ya no es para Ruja, pero la danza sigue ahí. Como un recordatorio de que los afrodescendientes de la Costa Chica tienen una historia. Y esta historia, con esta danza, en el día de muertos, de vez en cuando viene a decir “aquí estoy”.

 


Zared Abigail Vázquez Sánchez vive y estudia en Jojutla, Morelos.