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Gonzalo Molina, comunitario preso en Chilpo – 30-30
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Gonzalo Molina, comunitario preso en Chilpo

Cuauhtémoc Ruiz

Gonzalo Molina, comunitario preso en Chilpo

Por Cuauhtémoc Ruiz

Llegué el domingo 10 de abril a las ocho y media de la mañana a Chilpancingo, Guerrero, en cuya prisión están Gonzalo Molina y Samuel Ramírez, presos políticos por ser policías comunitarios, encarcelados en 2013. Como es muy temprano para ingresar al penal, visité el mercado, que a esas horas ya estaba a reventar. Esta ciudad no es de las más bonitas de México, pero su mercado es enorme y vivaz, un laborioso y colorido panal, construido en una loma, por lo que hay que subir y subir escaleras. Se celebra una misa al aire libre en memoria del líder de los locatarios, Juan Serrano Moreno, asesinado hace menos de una semana. Estuve aquí hace unos días, poco antes de su muerte y leí una manta en la que increpaba duramente al presidente municipal. Esto es hoy Guerrero, tierra de crímenes políticos auspiciados desde el aparato estatal, por los empresarios y los delincuentes.

 

En un puesto ambulante pregunto por una especie de guanábana, aunque más grande, grandísima. No soy el único que desconocía la yaca: a una señora le dan a probar y yo aprovecho para saborearla, es exquisita. Como es enorme, la venden en pedazos.

 

Busco El Sur de Guerrero, que un día antes me pidió Gonzalo. Es que este preso es una persona muy informada y activa. Las rejas no le impiden participar en mítines a los que hace llegar mensajes y muchas veces su misma voz. Frecuentemente es entrevistado en programas de radio.

 

 

Foto: Jessica Torres

Foto: Jessica Torres

Molina, de 51 años, no tenía cargo de comandante en la policía comunitaria, aunque el gobierno lo identificó como uno de sus principales líderes y promotores. Junto con Nestora Salgado y Arturo Campos, luego de ser capturados fueron enviados al destierro, a cárceles de alta seguridad lejos de sus casas, a otros estados, donde era prácticamente imposible que los visitaran sus familiares, lo que sólo podían hacer cada 13 días. Gonzalo estuvo seis meses en el penal de Miahuatlán, Oaxaca, clasificado como de mediana seguridad aunque es tan o más severo y cruel que el de Nayarit, donde estuvo Nestora. Desde que llegó fue confinado en el área de castigados, aislado en una pequeña celda que tenía apenas una pequeña ventana por la que le daban alimento: poca comida y sin sal, y, de “plato fuerte”, mortadela, siempre mortadela cocida en agua, con poco y mal sabor. Pero Ausencia, su esposa –presente en esta entrevista–, lo que más recuerda es la piel del reo: “por falta de sol se le puso blanca y delgada, frágil, si uno lo tocaba con un poco de fuerza lo podía herir.”

 

 

Se las arreglaba para conversar con los reos vecinos, con quienes se comunicaba a gritos, acostado, con la boca bajo la puerta, para que su voz pudiese salir de la mazmorra. Lo primero que hizo fue convencerlos de que no era un “capo”: el impresionante despliegue de personal de seguridad para llevarlo a la celda hizo pensar que se trataba de un peligroso delincuente. Cuando lo sacaban para comparecer ante el juez, la guardia era de seis policías. El psicólogo que le asignaron le confesó que, la primera vez que lo visitó, esperaba enfrentarse con una persona temible, pues entre los muchos cargos que le imputaron está el de ser terrorista.

 

Molina González es una persona amable y de fácil palabra. En esta prisión ha organizado, junto con Samuel, lo que llama una “escuelita”, en la que los reos pueden solicitar libros y revistas. Samuel –presente también en la entrevista, de 20 años– se encarga de controlar los préstamos de publicaciones. Allí está La náusea, el Retrato de un artista adolescente, nuestra revista Pluma… Gonzalo organizó también dos talleres de pintura, pues este hombre, nacido en Matlalapa pero criado desde los primeros meses en la ciudad de Tixtla (a 15 kilómetros de aquí), hace cuadros al óleo que trata de vender para pagarle a su abogado. Me lleva a conocer un mural que pintaron Nicolás –un sobresaliente artista plástico náhuatl que lo visitó–, Samuel y él mismo. La obra, en dos paredes que el director del penal les autorizó a pintar, es extraordinaria, distinta al muralismo tradicional oficialista o pseudo revolucionario. Es excelente en su composición, hay maestría en el dibujo, gusto en el color y está llena de elementos simbólicos: hace una exaltación del conocimiento y de la necesidad de que se lo apropien los trabajadores; en otra parte un hombre caído se levanta, representa la mayor cualidad del ser humano, la voluntad. Son en total unos 14 metros cuadrados que pintaron los tres en solo un día.

 

Gonzalo es el tercero de 12 hermanos. A los cinco años vendía gelatinas para ayudar a sostener la familia. Llegó a estudiar preparatoria. No pudo ir a la universidad por falta de medios. Cuándo le pregunto qué le hubiese gustado estudiar, no lo piensa y me contesta: filosofía. Le gustó mucho estudiar historia y economía en la preparatoria.

 

Siendo muy joven organizó a su barrio, El Fortín. Al ver que una anciana estuvo a caerse en la calle, no descansó hasta que el ayuntamiento le entregó 60 toneladas de cemento. “Más de 30 años después, todavía está el pavimento”, me dice con orgullo.

 

Lo atrajo el PRD. En 1989 hubo una ola de ocupaciones de palacios municipales por fraudes electorales en las que participó. Pronto entró en conflicto con este partido, que no lo apoyó en las denuncias que hacía contra el PRI. Se quedó sin partido al conocer las turbias negociaciones entre el PRD y el gobierno. Trabajaba en el ayuntamiento de trabajador de limpia. Fue despedido. Eran los años 90.

 

Formó la organización social Vicente Guerrero. Promovió incontables mejoras en las comunidades y los barrios. Tantas obras que, dice, se llevaría mucho tiempo enumerándolas.

 

Recolectaba basura, la separaba y la vendía; crió codornices y marranos. Compró una camioneta. Su situación económica personal, dice, mejoró (aunque yo conocí en 2014 su casa, una vivienda de una sola estancia, muy modesta).

 

Todo parecía bien en la vida de Gonzalo, que ya tenía dos hijos adolescentes. “Pero, entonces, el problema aparece”, me dice, y se refiere a la actuación desenfrenada de delincuentes organizados que cometían secuestros, robos, cobro a modestos vendedores de cuota de piso. Su hijo fue secuestrado.

 

Llegó a la conclusión de que había que organizar policías comunitarias y se lanzó a hacerlo en su municipio y fuera de éste. Hoy Gonzalo está preso por ello.

 

Crédito de foto destacada: Ezequiel Flores.


 

Cuauhtémoc Ruiz es dirigente del Partido Obrero Socialista.

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