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El cristianismo feminista. Cómo la iglesia católica traicionó a las mujeres. – 30-30
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El cristianismo feminista. Cómo la iglesia católica traicionó a las mujeres.

Javier Cortés

El cristianismo feminista. Cómo la iglesia católica traicionó a las mujeres.

Por Javier Cortés


Publicamos la segunda parte del ensayo Las Mujeres y el Cristianismo, la primera parte del cual puede ser leída aquí. La primera mitad del ensayo analizaba la situación de las mujeres en la antigüedad, y a partir de eso explicaba la alta proporción e igualdad de condiciones de las mujeres dentro de las primeras comunidades cristianas, en las que coexistían con los hombres en situación de igualdad. Esto último, a su vez, era una consecuencia del universalismo de la ideología liberadora de Jesús. Esta segunda parte explica cómo las primeras comunidades se institucionalizaron y, al aliarse al poder del Imperio Romano, se corrompieron.

 


Para el siglo II y III Roma había caído en una fuerte degeneración moral y política. La disgregación social amenazaba la sobrevivencia del Imperio. Entonces Constantino tomó como estrategia imponer el cristianismo como religión oficial, para dar nuevos bríos a la sociedad romana y unirla en una religión floreciente que tenía seguidores fieles, dispuestos a dar la vida por Cristo. El problema era que el Cristianismo parecía una religión de mujeres, porque ellas eran las dirigentes de la naciente religión; y Constantino era hombre, con ideas patriarcales y machistas. El emperador impuso un clero masculino y se impuso como jefe máximo del Cristianismo. Las mujeres fueron relegadas a un segundo plano, las apóstolas fueron sustituidas por obispos y las diaconizas se convirtieron en sacerdotes. El clero machista persiguió la resistencia de las féminas, quemó o desapareció sus Evangelios, sus cartas, y denigró a las mujeres destacadas del Cristianismo, acusándoles de prostitutas. Así fue como el Cristianismo, una religión nacida de mujeres, se convirtió en una institución que se alió al Estado machista y totalitario.

 

Por una exégesis feminista

 

Los Evangelios sinópticos tienen muchos pasajes que muestran lo innegable del papel de las mujeres en el Cristianismo. La actual exegética, -teoría de la interpretación de los textos-, ha desentrañado lo que la mayoría de los teólogos tradicionalistas habían negado: el cristianismo fue fundado y sostenido por mujeres. En el Evangelio de Marcos, cap. 5, versos del 25 al 34; así como el Evangelio de Lucas, cap. 11, verso 27, se dice que a Jesús le seguían muchas mujeres. Este dicho dice exactamente lo que parece afirmar: si no se menciona a los hombres, es porque éstos no se veían o se confundían entre la muchedumbre femenina. La mayoría de estas primeras discípulas le acompañaron desde Galilea, aldea natal de Jesús. Así lo afirma el Evangelio de Marcos, cap. 15, versos 40. Al igual que el Evangelio de Mateo, cap. 27, verso 55.

Hay un pasaje muy significativo que muestra el actuar de las mujeres y la ulterior discriminación que sufrieron por parte de los hombres. En todo el capítulo 4 del Evangelio de Juan se narra un hecho que, a la vista de los legos, no dice lo que verdaderamente ocurrió. Varios teólogos, -tradicionalistas por demás-, falsean su significado. En esta parte del Evangelio se narra que Jesús pasó por Samaria en su camino a Galilea. Tuvo sed y le pidió a una mujer que le diera agua de su recipiente. Se muestra un diálogo entre Jesús y la mujer, tras lo cual, la mujer proclama en toda Samaria que Jesús es el Cristo o Mesías, y gracias a ese hecho muchos se adhirieron a la nueva doctrina, predicada por una mujer que se convirtió por medio del diálogo con Jesús.
Expliquemos el pasaje mencionado. Cabe señalar que al principio hubo muchos Evangelios producidos por los diferentes grupos que siguieron a Jesús y que escribieron sus dichos y hechos para que no se perdiera su enseñanza. Cada grupo tenía ideas más o menos diferentes en cuanto a la forma de interpretar lo que Jesús dijo e hizo; los grupos debatían y se contraponían, criticándose y denigrándose mutuamente, alegando que los otros tenían una interpretación equivocada del Mesías. El Evangelio de Juan fue escrito entre el año 90 y 100; es decir, entre 60 y 70 años tras la muerte del profeta. El grupo que produjo el Evangelio de Juan estaba dominado por una mayoría de hombres, por lo cual no estaban de acuerdo totalmente en que las principales seguidoras de Jesús hubieran sido mujeres. Por eso, de entrada, se trata de denigrar a la apóstala, (según el punto de vista del que escribió el Evangelio), diciendo que ella sería una mujer liviana y adúltera, y por lo tanto no era digna de confianza. (Cfr. Evangelio de Juan, cap. 4, versos del 16 al 18).
Después, los mismos discípulos del grupo de Juan muestran su tradición machista, diciendo que se quedaron sorprendidos de que Cristo estuviera hablando con una mujer, lo cual rebajaba su dignidad de hombre, ya que el hombre tenía más dignidad que la mujer en ese sistema machista. (Cfr. Juan, cap. 4, verso 27). Al final se muestra lo que verdaderamente desea el escritor del Evangelio de Juan: hacer olvidar a los lectores que fueron las apóstalas las que esparcieron el Evangelio, porque al final del capítulo se dice que los samaritanos hicieron a un lado a la apóstala, que ya no le hicieron el mínimo caso y que se dedicaron a seguir a Jesús. (Cfr. Juan, cap. 4, verso 41). Es necesario desentrañar bien este último verso: el Evangelio de Juan dice que, si bien fue una apóstala la que evangelizó a los samaritanos, no es a ella a la que deben seguir, sino a Cristo y ¿quiénes son los verdaderos seguidores de Cristo? Según el Evangelio de Juan no son las mujeres, sino los hombres que se replegaron a las enseñanzas Juan, el apóstol de Cristo.
El Evangelio de Lucas menciona muy claramente los nombres de tres mujeres que seguían a Jesús, (Cfr. Evangelio de Lucas, cap. 8, versos del 1 al 3). Este hecho nos dice que ellas, si no eran mayoría, sí tenían el mismo rango que los hombres entre el primitivo grupo que siguió a Jesús. Se hace necesario también explicar este pasaje. Como las mujeres eran denigradas al extremo, -como vimos en el párrafo anterior-, ni siquiera se les nombraba, es decir: no existían para el mundo machista del Mediterráneo. Si para un grupo social no importa una persona u otra gente, nunca aprenderán ni recordarán su nombre; y mucho menos dejarían plasmado sus nombres en escritos de proclamación como fueron los Evangelios. De hecho, en los diálogos cotidianos se acostumbra nombrar a las personas de rango inferior sólo para burlarse de ellas o para denigrarles. Pero en el pasaje mencionado se identifica perfectamente a las mujeres como seguidoras o discípulas de Cristo. Y sobresale María Magdalena, porque a las otras dos mujeres se le nombra con referencia sus esposos, en cambio, a María se le identifica como María: la mujer que viene de la ciudad de Magdala, es decir que ella era una mujer independiente, dueña de sí, que seguía a Jesús porque se había convencido de que Él era el Cristo. Así como se identificaba a Cristo como Jesús Nazareno; Jesús: el hombre que viene de la ciudad de Nazaret.
Esta libertad y autonomía por parte de las discípulas y apóstolas de Jesús se muestra en toda plenitud en un pasaje muy problemático para el teólogo exégeta, porque contiene muchas tradiciones al parecer contradictorias, pero que se refieren al mismo hecho: tanto hombres como mujeres son iguales, y si el hombre tiene derecho a algo lo tiene también la mujer. Me refiero al Evangelio de Mateo, capítulo 19, versos del 1 al 15. Ahí se narra cómo es que un grupo de fariseos le preguntan a Jesús si es lícito que un hombre se divorcie de una mujer y quede libre de contraer matrimonio con otra; en esos casos la mujer quedaba estigmatizada y ya nadie querría casarse con ella. La pregunta tiene una jiribilla muy maliciosa, porque a Jesús le seguían muchísimas mujeres que habían abandonado a sus maridos por seguir a Jesús, es decir que la pregunta no era con referencia a los hombres, que eran minoría en el grupo, sino para las discípulas y apóstalas. Ellas, cuando abandonaban a sus maridos para unirse al Mesías cargaban con sus hijos, dejando al varón totalmente denigrado y sobajado en su calidad de macho, porque el mayor orgullo de un hombre del Mediterráneo de aquél tiempo era tener muchos hijos, principalmente varones, y si la mujer se los quitaba, entonces éste hombre ya no valía nada.
Lo que Dios unió no lo separe el hombre…
La pregunta oculta de los fariseos era la siguiente: si las mujeres que te siguen abandonaron a sus maridos por estar contigo ¿Es lícito que sus maridos busquen otras mujeres para formar una nueva vida? O, ¿Es lícito que las mujeres que te siguen, se relacionen con otros hombres en tu grupo? Jesús es muy claro en su respuesta. ¿No han leído que el Creador, desde el comienzo, los hizo varón y hembra, y que dijo; ‘Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne?’. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre.
En aquél tiempo muchos hombres abandonaban a sus esposas con cualquier pretexto. Hombres de entre 40 y 50 años se casaban con niñas de entre 10 y 12 años. Les golpeaban, las humillaban y abusaban sexualmente de ellas. Cuando se cansaban de las niñas las repudiaban y buscaban nuevas vírgenes para esposas. Si ellos hacían eso con las mujeres ¿Por qué ellas nos tendrían derecho a repudiar al marido para buscar una vida mejor, en un grupo, -como el fundado por el Mesías-, donde se exigía el respeto, el amor y la igualdad? La tan llevada y traída indisolubilidad del matrimonio debe entenderse desde otra perspectiva: hombre y mujer son iguales, forman una sola carne y se merecen respeto, y si la mujer es infiel, entonces faltó a la igualdad con el hombre, y merece ser repudiada. Pero de igual manera: si el hombre le falta al respeto a la mujer en su dignidad de hija de Dios, la mujer tiene todo el derecho a buscar una vida mejor, y repudiar al marido, porque éste no respeta la dignidad de la mujer.
El actual derecho canónico prevé como causales para la anulación del matrimonio la violencia, -ya sea físico o psicológica-, hacia una de los cónyuges. Lo anterior se muestra más claramente en los versos del 10 al 12. Ahí se habla de los eunucos, o sea: de los que están impedidos para tener relaciones sexuales. Los hombres del tiempo de Jesús repudiaban a sus legítimas esposas con cualquier pretexto, y les condenaban a la vida de un eunuco, es decir: les sería muy difícil volver a casarse o tener relaciones sexuales con otros hombres, y si lo hacían eran acusadas de livianas y eran castigadas. Jesús dice al respecto: No todos entienden este lenguaje, sino a quienes se les ha concedido. Si las mujeres que abandonaban a sus maridos por seguir a Jesús deseaban permanecer célibes, estaba bien. Si ya no podían tener relaciones sexuales por el daño que les habían causado sus maridos por las continuas violaciones, no tenían por qué ser juzgadas. Pero si ellas deseaban rehacer sus vidas con el fin de alcanzar el Reino de Dios, -un Reino de igualdad, paz y bienestar-; Dios mismo bendecía esa decisión.
Cabe señalar que la primitiva comunidad de Cristo era un grupo itinerante, cuya única ley era amar a Dios y al prójimo como a sí mismo; es decir: podían hacer cualquier cosa, con la única condición de que se amaran mutuamente y no dañaran al otro. Andaban de un lugar a otro, durmiendo donde podían y relacionándose entre sí de manera libre. A estos primeros cristianos se les confundía con los grupos de filósofos y filósofas cínicas, que tenían relaciones sexuales de forma libre, porque ya no creían en las reglas sociales de pureza establecidas por el Estado romano. Si a los cristianos se les confundía con los cínicos, -aunque los objetivos de ambos grupos fueran diferentes-, era porque los cristianos actuaban como aquéllos filósofos.
Entre los humanistas siempre será válido el siguiente dicho: es justo no estar de acuerdo con el contrario; pero se hace necesario, por lo menos, comprender de qué está hablando el otro. Por eso me parece necesario pronunciarme a favor del estudio de la bibliografía que dejo al final del presente artículo, para poder entender la conclusión a la que he llegado: las mujeres fueron las fundadoras del cristianismo, con base en las prédicas de Jesús de Nazaret. Siendo la principal apóstala María, la mujer que vino de Magdala, y que Jesús amó más que a ningún otro discípulo o discípula.
Conclusión.
Cuando Jesús fue condenado a muerte, en una disolución lenta, dolorosa y definitiva; fueron sólo sus discípulas y apóstalas las que estuvieron junto a Él, al pie de la cruz Los hombres habían huido. Los Estados esclavistas, feudalistas y capitalistas han seguido el mismo derrotero: hacer sufrir al disidente lo más posible como ejemplo para que nadie más se levante contra el sistema, y después tratan de borrar toda huella de su paso por el mundo. Jesucristo nunca escribió libros, tratados ni artículos. Nunca pretendió ni deseó fundar religión alguna. Jamás dijo que deseaba cambiar al mundo. Sólo deseaba imponer, radicalmente, lo que Yahvé había exigido desde la fundación de Israel: todo hombre, mujer, niño o niña somos exactamente iguales ante Dios, y ninguno tiene derecho alguno para explotar, robar o generar diferenciaciones de clase, castas, razas ni condiciones sociales. El Cristianismo fue fundado por las discípulas de Cristo, y fue María Magdalena, -la principal apóstala de Jesús-, la que proclamó la verdad que sostiene al mundo cristiano: Jesús ha resucitado; (Cfr. Evangelio de Juan, cap. 20, versos del 11 al 18), después los demás discípulos le imitaron y creyeron; es decir que ella fue la fundadora del Cristianismo como tal.
Si bien el Cristianismo, -como la mayoría de las religiones-, se alió a los poderosos eso no resta, para nada, el alcance de la doctrina original de Cristo y de sus apóstalas. Tal doctrina permanece en la Historia por el trabajo y la lucha de los que yo llamo auténticos cristianos: la gente que verdaderamente ama al prójimo; al excluido, al marginado, al sufriente, al discriminado. Este amor no es más que el compromiso existencial con el otro, como actualmente lo hace Alejandro Solalinde, como lo hizo Monseñor Oscar Arnulfo Romero o Don Samuel Ruiz, sólo por mencionar algunos.
El cristiano es aquél que toma conciencia de su situación de clase social y lucha por la Revolución, o que se alía a los marginados y excluidos. El cristiano es aquél que lucha y trabaja por la superación de las contradicciones inherentes al sistema de explotación capitalista en el cual vivimos. Todos los demás no son más que sepulcros blanqueados, raza de víboras. Son gente que, -como lo hizo Cristo hace dos mil años-, no merecen otra cosa que ser echados fuera de los templos a latigazos.
Bibliografía:

 

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