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El compañero Carlos Aceves del Olmo [2a parte] – 30-30
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El compañero Carlos Aceves del Olmo [2a parte]

Ramón Centeno Uvalle

El compañero Carlos Aceves del Olmo [2a parte]

Por Ramón Centeno Uvalle


Publicamos la segunda y última parte de esta crónica sobre el líder actual de la CTM, Carlos Aceves del Olmo. En la primera parte, que puede ser leída aquí, se ofrecía un retrato de la vida fabril en los años 1970s en el valle de México. Esta segunda parte relata la historia de una resistencia comunista contra Carlos Aceves del Olmo en una fábrica bajo su control sindical. Las dos partes de este testimonio permiten entender mejor la “prehistoria” del repugnante dirigente de la CTM.


 

Los obreros comunistas de la Federal Pacific

 

Pues bien, este panorama era caldo de cultivo para que penetraran las ideas sindicalistas y socialistas. Por esos días estaba en total apogeo la lucha de la Tendencia Democrática del SUTERM, que vivía un proceso de democratización interna muy vigoroso, al grado de que aspiraron a organizar a toda la clase obrera mediante un manifiesto llamado “La Declaración de Guadalajara”. A los comunistas de ese tiempo, ese manifiesto nos parecía de lo más limitado porque no se planteaba el socialismo –aunque si se le ve con los ojos de hoy tal vez estaba más cerca del socialismo que muchos manifiestos similares del México de hoy– y porque sus dirigentes eran simpatizantes del Movimiento Nacionalista Revolucionario, al parecer una escisión de priistas conversos al movimiento democrático. Ayer como hoy, en México los movimientos democráticos suelen radicalizarse por la represión y por la condición persecutoria en que los pone el estado mexicano y, por tanto, sus bases son proclives a la influencia socialista.

 

A la salida de la fábrica, los sábados, entre dos y cuatro brigadistas con pinta de universitarios (y lo eran) repartían volantes explicando la lucha de los electricistas democráticos y a veces un volante de una tal OCP, donde se hablaba de las luchas de liberación de varios pueblos del África y de los pueblos de indochina (Vietnam, Laos y Camboya) y, claro, del apoyo cubano a esos movimientos.

 

(Al poco tiempo, por cierto, un miembro de la OCP, de origen universitario, entró a trabajar en la fábrica. Renunció a los dos o tres meses porque no aguantó el esfuerzo físico y el tedio. Nosotros lo veíamos en su máquina y veíamos cómo no aguantaba y sabíamos claramente que no duraría. Nos moríamos de la risa.)

 

Algunos de compañeros de la fábrica nos acercamos a los brigadistas pues, aparte de todo, en esas brigadas participaban jovencitas muy guapas y más por su belleza que por el mensaje, nos acercamos a la OCP. Sólo que en ese proceso algunos realmente nos politizamos y comenzamos a realizar acciones para recuperar la vida sindical, obtener conquistas laborales y mejorar así nuestro nivel de vida. Para ser militante de teníamos que aprobar una serie de filtros más o menos difíciles, como no ser chiva u oreja de la empresa o de los charros, que era casi lo mismo. Después debíamos conocer los postulados de la organización, saber qué era socialismo y comunismo y si al final aún nos gustaba, entonces había que chutarse varios libros, como el Manifiesto Comunista de Marx y Engels, después, el ¿Qué hacer? y Un paso adelante, dos pasos atrás de Lenin, algo de la revolución mexicana… Todo esto se discutía en reuniones clandestinas interminables. La más corta no duraba menos de cuatro horas. Ahí discutíamos la comprensión de los textos leídos, las principales noticias nacionales e internacionales, las noticias obreras, dónde había huelgas, cuáles eran los principales grupos políticos de izquierda y de derecha que existían en el entorno principalmente obrero, la política del gobierno en turno, la política de alianzas de la OCP (la cual era muy poca, pues el sectarismo campeaba de lo lindo en el movimiento socialista de entonces; seguramente la izquierda de hoy ya no es así, ¿verdad?, ja,ja ja, es una broma).

 

Pronto empezamos a repartir volantes clandestinos dentro de la fábrica, con una respuesta muy buena. Después organizamos juntas de trabajo en casas de algunos de los obreros (los pocos que la tenían) o de sus familiares, donde empezamos a discutir nuestros problemas laborales y de ahí salió el impulso para exigir asambleas –que nunca se habían realizado antes– para resolver nuestros problemas. Al muy poco tiempo conseguimos una asamblea con nuestro líder sindical, de la sección 15 de la FTDF a la que pertenecíamos, liderada por el galanazo Carlos Aceves del Olmo, quien vestía impecablemente y lo que menos parecía era un obrero.

 

Respondió de una forma muy violenta y después de ver nuestro aplomo empezó a ser muy “simpático”. Incluso hizo de todo para ligarse a una compañera de la fábrica elegida por nosotros como delegada sindical, quien se hizo su amante. Quería ganarnos para que dejáramos de ser oposición. En esos días había un hervidero de grupos y grupúsculos de izquierda en todo el movimiento obrero. Las centrales charras ya no veían lo duro sino lo tupido: y en esa misma proporción el panorama estaba lleno de orejas, espías, y grupos gubernamentales de infiltración en el movimiento obrero (nada nuevo desde luego) incluyendo la muy temida Brigada Blanca de Nazar Haro, la cual se distingía por sus métodos brutales para sacarte la sopa (eran especialistas en todo tipo de métodos de tortura aprendidos en la Escuela de las Américas instalada en ese tiempo en Panamá).

 

Llegamos a tener reuniones semanales de organización obrera en diversas casas donde asistíamos obreros y militantes, sin faltar los infiltrados de siempre. Con el tiempo, los obreros clandestinos de ahí nos hicimos conocidísimos en la fábrica. Con todo a nuestro favor, exigimos y le sacamos una asamblea a Carlos Aceves del Olmo, quien –a pesar de comprar voluntades y llevar paleros– perdió la elección a secretario general del sindicato a manos de nuestro candidato, un obrero de apenas 20 años… el cual no duró más de tres meses en el cargo porque fue destituido por el señor Del Olmo.

 

Recuerdo toda esa contrarrevolución fabril. De repente aparecieron unos tipos con pinta de vagos de Tacuba dentro de la fábrica y sólo se la pasaban viéndonos y drogándose. Un día llegó frente a mí un tipo de esos y, así sin más, se empezó a golpear la cara hasta sangrarse, sobre todo la nariz. De inmediato se acercó a la máquina de mi gran amigo y camarada, Guillermo, el nuevo secretario general de la fábrica, y lo agarró a golpes de mano y cabezazos en su cara hasta sangrar. En un dos por tres, quien sabe de dónde, llegaron unos “abogados” y se llevaron a mi camarada y amigo, con la complacencia de la empresa. Se lo habían llevado al ministerio público, donde lo acusaron de golpear al lumpen infiltrado, y nunca regresó a trabajar. Le rescindieron el contrato y salió despedido de la fábrica. Los militantes que quedamos organizamos la resistencia e hicimos paros. Teníamos mucha indignación, un coraje que se fue trasformando en impotencia. Después llegó Aceves del Olmo a darnos un sermón digno de un sacerdote, diciéndonos que no nos acercáramos a los que repartían un volante clandestino –donde luchábamos contra ese charro– y llamó a todos los obreros a que nos denunciaran. Nadie lo hizo en un principio, hasta que descubrimos al infiltrado y traidor, quien nos entregó uno por uno a los militantes de la fábrica.

 

Ese fue un golpe moral muy grande para nosotros y uno del que nunca se recuperaron los demás obreros de esa fábrica. Se dieron cuenta de que el enemigo contra el que luchábamos era infinitamente superior y tenía todo el poder disponible para apastarnos, por lo que sería muy difícil –supongo– que se volvieran a involucrar en un movimiento sindical democrático.

 

Pero la resistencia siguió, la cual ya en ese momento sólo era de los militantes de la OCP. El resto de obreros ya no se involucraron en nada porque vieron los resultados, la derrota de nuestro movimiento y no querían perder su trabajo.

 

Los administradores de la empresa y del sindicato comandado por Aceves, querían sacarnos a toda costa la declaración de que nosotros éramos los organizadores del levantamiento. No lo lograron. En reuniones de la OCP, ya nos habían instruido sobre cómo actúa la policía para sacar la verdad a los obreros y en general consistía en decir: “mira, el movimiento ya se acabó y tus compañeros te acusaron de que tú eras el que repartía los volantes clandestinos dentro de la fábrica y eres miembro de la red clandestina que dirigía el movimiento. Ya no tiene sentido que sigas. Mira, la empresa te va a apoyar si quieres estudiar. Ya déjalos, ya no los sigas. Tú eres listo y buena gente. Ya déjalos. Sólo dime sus nombres.” Nosotros les contestábamos: “si ya saben quiénes son, ¿entonces para qué quieren que les digamos?” Y decían: “bueno, necesitamos tu declaración para que tú no salgas despedido y sigas en la fábrica. De otro modo saldrás despedido y te quedarás sin dinero para ayudar a tu familia. Se ve que tú eres listo y puedes hacer una carrera profesional. Deja a los obreros, que además ni te lo van a agradecer. Yo sé lo que te digo. Ya no gastes más energía con esa bola de ignorantes. Eres listo y puedes ayudar mejor a tu familia si te vienes con nosotros.” Etcétera, etcétera. Yo les decía: “señores, yo no sé nada. Yo sólo quiero trabajar. Sí conozco a los compañeros, pero también a todos los demás y no sé de qué me están hablando. Por favor ya déjenme trabajar para llevar el sustento a mi familia.”

 

Ése era el guión de la policía. El de la CTM no era mu diferente. Carlos Aceves del Olmo nos decía: “mira, tú eres muy listo, tú tienes mucho futuro. En la CTM te podemos dar cabida y formación si lo que quieres es ayudar a los obreros. Donde estás no tienes futuro, hazlo por tu familia.”

 

En fin. Se cansaron de hablarnos por la buena y entonces vino el despido fulminante y de inmediato hicimos nuestra demanda contra la fábrica y el sindicato. En la OCP teníamos una camarada abogada –quien, por cierto, después llegó a ser la abogada del Jefe de Gobierno del Distrito Federal con el PRD… ya para entonces me veía y se escondía… ya no quería saber nada de mí ni de lo que hizo un día por los obreros.

 

Por increíble que parezca, nada de esto me ha amargado la existencia. Creo en una vida de fraternidad de obreros, campesinos y todas las capas bajas de la sociedad y creo que tarde o temprano habrá un socialismo o comunismo, no importa que se le llame de otro modo, pero sé que llegará ese día. Nunca he perdido la esperanza. A los militantes de la OCP en la Federal Pacific nunca nos pasó por la mente renunciar a nuestra lucha ni, mucho menos, traicionar a nuestros ideales. Éramos unos soñadores y lo seguimos siendo aunque ya no tengamos los 20 años de ese tiempo. Ahora ya tenemos más de sesenta y contando. “¡Ni una huelga aislada más!”, fue nuestro grito de guerra en esos tiempos en la OCP, el cual ahora se ha adaptado a “¡ni una lucha aislada más!”

 

Me casé en 1980, muy enamorado, sí, aunque recuerdo que lo que me terminó de covencer de casarme fue que la que hoy sigue siendo mi esposa era una jovencita muy sana. Pensé que ella podría cuidar bien a mis hijos si en algún momento me agarraba la Brigada Blanca o cualquier grupo punitivo del estado mexicano. 24No sé si hice bien o mal, pero pensaba que si buscaba casarme con una militante, entonces no tendría descendencia, pues no tendría caso tener hijos si en algún momento nadie los podría cuidar. Claro que, de todos modos, mi militancia ocasionó un sufrimiento indecible en mi esposa, enfrentó sola el nacimiento de mis hijos, a veces no sabía dónde estaba y muchas cosas más,. Yo incluso podía faltar días y ella no debía saber dónde andaba. Con los años me ha contado todas las angustias que vivió. Quizá por esa razón ella ahora tiene algunos problemas de salud, y claro que sin el apoyo de ella no sé qué hubiera sido de mí. Por esa razón y por convicción, ahora en mi retiro, me dedico a cuidar de ella. Creo que es lo menos que podría hacer por el apoyo que me dio en su momento y que sirvió para que pusiera mi granito de arena en la lucha.

 

Ya tiene más de cuarenta años todo lo que acabo de contar y el estado mexicano no ha cambiado mucho su hostilidad a los trabajadores. Sé que puse mi granito de arena en el camino de la liberación de las clases desposeídas y ahora les toca a los jóvenes continuar lo que iniciaron los obreros de todo el mundo hace décadas, incluyendo mi pequeña contribución.

 

Esa fue mi experiencia con Carlos Aceves del Olmo, el rutilante y cacarizo Secretario General de la Sección 15 de la Federación de Sindical de Trabajadores del Distrito Federal y ahora flamante Secretario General de la CTM. Indudablemente, ha hecho todos los méritos para serlo. Incluso creo se tardó en llegar y, por supuesto, ha de tener una súper fortuna económica el compañero secretario general de esa vetusta organización que ni los neoliberales respetan. Ahí se morirá hinchado del dinero que ha robado a millones de mexicanos. Si cree en algo superior a la vida, no creo que tenga nada de paz cuando muera y si existiera el infierno ahí será su última morada.

 

Crédito de foto: Manuel Añorve.


Ramón Centeno Uvalle fue militante de la Organización Comunista Proletaria de 1974 hasta la fundación del PRD en mayo de 1989.

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