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El compañero Carlos Aceves del Olmo [1a parte] – 30-30
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El compañero Carlos Aceves del Olmo [1a parte]

Ramón Centeno Uvalle

El compañero Carlos Aceves del Olmo [1a parte]

Por Ramón Centeno Uvalle

Conocí al hoy líder de la CTM (y diputado del PRI) cuando yo era miembro del sindicato que él dirigía en los 1970s. Era mi tercer empleo como obrero en la Ciudad de México, allá en los inicios de la década de los 70s. Recuerdo cómo iban los camiones por la mañana desde las 5:30 Has… Era un hervidero de obreros, por los rumbos de la colonia Industrial Vallejo y alrededores, juntito a la entonces imponente y orgullosa refinería 18 de marzo de Azcapotzalco, que dicho sea de paso, no contaminaba tanto como decían. (En realidad, Salinas de Gortari la cerró como parte de su plan de desmantelamiento neoliberal de la industria petrolera culminado hace poco por Peña Nieto.) En esos lugares, sin mencionar la zona industrial de Tlalnepantla, Naucalpan y Ecatepec, era impresionante la cantidad de obreros de todas las ramas industriales, desde la alimenticia, pasando por la metalmecánica, fundidoras, textiles, etc. Los puestos callejeros estaban atestados de obreros “desayunando” las infaltables tortas de tamal o tamales dorados de chicharrón prensado picadillo, etc. (no sé si aún existan). Por aquí y por allá estaban los puestos de tortas, jugos y licuados, pan dulce, atoles…

 

Ser obrero del Valle de México en los años 1970s

 

Esas zonas las conocí como obrero y después como militante de una organización muy conocida en el medio semiclandestino de la izquierda comunista mexicana de esos tiempo, la Organización Comunista Proletaria, cuya implantación e influencia fue centralmente en la rama metalmecánica y en la industria eléctrica, minera y nuclear. También teníamos actividad en el magisterio y una célula en el campo del estado de México con una influencia –para ser fieles a la verdad– casi simbólica.

 

El asunto es que entré a trabajar a una fábrica llamada Federal Pacific Electric de México, donde fabricábamos tableros eléctricos, subestaciones, magnetos, “varillas de tierra”, ductos, etc. Era una empresa con dos fábricas, y yo trabajaba en la que estaba en la calle ferrocarril de Cuernavaca casi esquina con la avenida Carrillo Puerto en la colonia Popotla, por los rumbos de Tacuba. La otra fábrica estaba en en Iztapalapa.

 

El sueldo que yo ganaba era exactamente el salario mínimo, entonces de 30 pesos diarios más o menos. Eso me tenía que alcanzar para comer, vestir, pagar la renta y solventar mis estudios en la Voca 9, muy cerca de la fábrica.

 

Para mejorar el ingreso, trabajábamos horas extras, que en ese tiempo casi siempre se respetaban. El desayuno normal constaba de una torta de frijoles y un refresco. A la hora de la comida, íbamos por una comida corrida en la fonda de “Don Rápido”, quien era muy lento para servir la comida y que tenía unas hijas bien bonitas, más o menos de nuestra edad. Apenas teníamos tiempo para contemplarlas y menos para intentar platicar con ellas, porque solo teníamos media hora para comer. Varias veces a la semana algunos nos terminábamos dos comidas, porque el hambre era canija. Casi todos teníamos “vale”, es decir nos apuntaban en un cuadernito las comidas de una semana y el sábado religiosamente las pagábamos. El fin de semana aún había el ingenio, la fuerza y las ganas para ir de excursión a algún balneario del estado de Morelos –o ya de perdida a Los Dinamos–, donde surgían las parejitas que a veces llegaban a ser esposos que trabajaban conjuntamente para alimentar al chamaco que ya habrían fabricado algún fin de semana (al fin fabriqueños).

 

Como desfogue y evasión de la monotonía de la vida en la fábrica, existían los salones de tocadas –luego conocidos como “Toquines”– donde no faltaban grupos de rock como El Three Souls and My Mind (hoy el lamentablemente guadalupano El Tri), Los Dug Dugs, El Ritual, Tinta Blanca,. La música extranjera que más nos gustaba era de  Creedence Clearwater Revival, The Doors,  Deep Purple, y John Lennon y Paul McCartney. Los fresitas oían a los Ángeles Negros, Los Pasteles Verdes, La Tropa Loca. Los de origen pueblerino, oían a Rigo Tovar y su Costa Azul, Xavier Passos y El Acapulco Tropical. Los albañiles –la mayoría de ellos provenientes del campo mexicano– oían a Los Relámpagos del Norte con Cornelio Reyna y Ramón Ayala, El Dueto las Palomas, Las Jilguerillas, José Alfredo Jiménez y Vicente Fernández, Los Tigres del Norte, etc., etc., por solo mencionar los más conocidos.

 

Había fábricas en las que era muy difícil organizar a los obreros porque muchos de ellos eran del Estado de México, Puebla Tlaxcala, Morelos o Hidalgo y en época de cosechas se iban los fines de semana o de plano renunciaban al trabajo de la fábrica para atender sus parcelas.

 

Quizá todo esto suena muy romántico, pero el problema era cuando hacíamos cuentas y veíamos que el salario no alcanzaba ni para la mitad de nuestras necesidades. Y si a eso le sumábamos la cuota sindical, el panorama se ponía aún más triste, porque cuando nos preguntábamos quién era nuestro líder sindical y para que servía, salían las caras largas por doquier. Nadie podía reclamarle nada ni mucho menos para preguntarle qué hacía con nuestras cuotas.

 

El robo hormiga era el pan nuestro de cada día en todas las fábricas del valle de México, desde Tlalnepantla hasta Iztapalapa. Los sábados y domingos había tianguis donde se encontraba todo tipo de herramienta industrial hasta de la más sofisticada: taladros verticales, brocas de todo tipo y tamaños, buriles, bandolas, mandriles, escalas, calibradores vernier o pie de rey, micrómetros, gauges, de todo tipo, básculas de laboratorio, carátulas e instrumentos de precisión, juegos completos de herramienta usada y nueva de todo tipo. Incluso uno podía encargar lo que necesitara y en ocho días ahí estaba la mercancía. Yo nunca lo hice porque no era bueno para eso: me faltaba sangre fría y siempre le tuve miedo a la cárcel.

 

Los mejores salarios estaban en las fábricas llanteras, automotrices, algunas metalúrgicas, como Altos Hornos de México o la Fundidora de Monterrey en parques industriales como Ciudad Sahagún o CIVAC en Cuernavaca, sin contar a la aristocracia obrera de los petroleros, ferrocarrileros, electricistas o telefonistas, cuyas empresas eran paraestatales en esos días.

 

En la Federal Pacific se trabajaba con plata en forma de pastillas y había quienes se la tragaban para después recuperarla al momento de ir al baño en sus casas. Varios de los que lo hacían nos lo contaban con mucho orgullo como diciendo: “me explotan pero yo también me los chingo”. Había no pocos obreros sorprendidos in fraganti, quienes de inmediato eran despedidos –algunos iban a dar a la cárcel– sin liquidación y regañados por los líderes sindicales y ni qué decir de los supervisores, jefes de personal o los dueños de la fábrica.

 

Eso sí, todos eran muy devotos. El 12 de diciembre se realizaba la misa a la virgen de Guadalupe en la que comíamos en santa comunión obreros, patrones y líderes sindicales o sus achichincles, sin faltar la música y el alcohol. Esta era la vida normal y su entorno de un obrero promedio en la ciudad y el valle de México.

 

Los desfiles del 1º de mayo eran importantes porque nos visitaban los líderes de nuestros sindicatos y por fin conocíamos al líder seccional o su achichincle. Nosotros estábamos afiliados a la CTM, dentro de la sección 15 de la Federación de Sindicatos de Trabajadores del Distrito Federal, liderado en ese tiempo por un tipo cuarentón que se creía Elvis Presley, pues vestía impecablemente, con lentes oscuros, relojazo, buena ropa y zapatos, no como nosotros los obreros –que nos surtíamos, cuando mucho, en las tiendas Milano, “la tienda que viste al paisano”, decía la sabiduría popular. Aunque lo más normal era visitar Tepito o los tianguis para comprar ropa barata o de paca, traída de Estados Unidos. En cambio, el compañero Aceves, aparte de vestir bien, siempre iba acompañado de unos nada discretos golpeadores, por si alguien se atrevía a echarle bronca. Un galán con todo y guaruras; vaya, “un chingón”. No permitía que nadie se le acercara, nunca hizo amistad con nadie de la fábrica, excepto con su amante, una obrera que fungió como espía. En fin, evitaba tratar con los obreros directamente. Era un vivales, como todos los líderes de la CTM, al mando de Fidel Velásquez, un líder que parecía inmortal hasta que murió cuando tenía más de 90 años.

 

Volviendo al 1º de mayo, ese día estrenábamos uniforme de trabajo, con todo y botas. Íbamos a desfilar como en peregrinación a la Villa. Era puro relajo. Lo único que queríamos era que terminara el desfile para ir a echarnos un refresco y una torta o a comprarnos un pomo entre varios –no había para ir a la cantina, ese era privilegio de los sindicatos de burócratas, ferrocarrileros, petroleros, electricistas, nucleares, mineros… pero no de obreros de salario mínimo.

 

Hubo un momento en que nuestro patrón no quería pagar completas las horas extras, ni mucho menos aumentos de salario, los cuales se pactaban a espaldas de los trabajadores. Ni siquiera nos enterábamos cuando nuestro líder se reunía con la empresa para pactar el aumento salarial. Nunca sabíamos quién iba a ser el próximo secretario del trabajo de la fábrica. No había asambleas, ni informe de qué se obtuvo en la revisión salarial de ese año, ni nada.

 

Los accidentes laborales iban en aumento por la monotonía del trabajo. Seguido veíamos como compañeros de trabajo, al quedarse dormidos, dejaban sus manos encima de la maquinaria que estaban manejando y se cortaban manos completas o cuando menos dedos. Dejaban de ir a trabajar meses completos. Recuerdo una fiebre de accidentes en el valle de México. Había algunas fábricas donde el obrero apenas regresaba de una incapacidad y ese mismo día se volvía a incapacitar: es decir, se mutilaban dedos de las manos para irse a descansar otros cuantos meses recibiendo completo su salario. No necesariamente eran flojos. El trabajo era profundamente monótono, a veces nos sentíamos sólo una extensión de la máquina y eso era sumamente triste. Uno buscaba evadir esa monotonía de cualquier forma. Algunos fumaban mariguana en la jornada laboral para hacerla más llevadera. La movilidad laboral era una constante: difícilmente alguien duraba más de dos o tres años en una fábrica, a menos que estudiara –quién sabe con qué medios– la vocacional o una carrera técnica de los CECATIS (Centros de Capacitación para el Trabajo Industrial) para obtener un diploma de soldador, tornero, instrumentista, aparatista industrial o electricista y así trabajar en el área de mantenimiento. Así se obtenía un mejor salario y si les iba bien, con el tiempo podían ponían un taller y algunos –muy pocos– podrían volverse proveedores o maquiladores de las empresas donde fueron obreros. O sea que se volvían patrones… y solían ser muy feroces en su nueva condición.

 

Crédito de foto: Manuel Añorve.


Ramón Centeno Uvalle fue militante de la Organización Comunista Proletaria de 1974 hasta la fundación del PRD en mayo de 1989.

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