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Crónica de un combatiente en la batalla de Nochixtlán – 30-30
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Crónica de un combatiente en la batalla de Nochixtlán

Un militante del POS

Crónica de un combatiente en la batalla de Nochixtlán

Un militante del POS

El domingo 19 de junio, desde las 9 de la mañana, el gobierno de Enrique Peña Nieto y de Gabino Cué Monteagudo ordenaron una brutal represión contra el pueblo de Oaxaca –ya no sólo contra la CNTE, sino contra padres de familia, comuneros y población civil.

 

En el primer enfrentamiento de Nochixtlan calculamos que hay cerca de 11 muertos según el censo que nos dan los médicos que estuvieron atendiendo a los heridos, pero quizá sean más. Según el censo que nos dieron los compañeros médicos del movimiento, tan sólo en Nochixtlán hubo no 3 ni 6, sino 11 compañeros asesinados por las balas del Estado. Se calcula que hubo cerca de 50 heridos, de los cuales actualmente 5 se debaten entre la vida y la muerte. La mayoría de ellos son padres de familia de comunidades vecinas y de Tlaxiaco que llegaron a reforzar el bloqueo carretero desde hace más de una semana. El presidente municipal de Nochixtlán, Daniel Alberto Cuevas Chávez, albergó a los policías federales en su rancho y no permitió que los heridos fueran atendidos en los hospitales de Asunción Nochixtlán, por lo que muchos de ellos fueron trasladados a hospitales de Huajuapan de León y Tlaxiaco. Durante la refriega, se instalaron módulos de médicos y enfermeras que se solidarizaron con la CNTE ante la represión policial.

 

En el caso de Hacienda Blanca-Viguera, que son la entrada a Oaxaca capital se habían instalado bloqueos y retenes donde a los policías federales se les había decomisado material anti-motín y de hecho fue quemado en algunas ocasiones. El objetivo de este retén, que en días se convirtió en bloqueo y después en más de 20 barricadas, era el de impedir la entrada de la Policía Federal a la Ciudad de Oaxaca, donde se encuentra el plantón de los maestros en el Zócalo; uno de tantos bastiones de la resistencia magisterial y popular. Previo a la represión del día 19, la Policía Federal ya había salido con el rabo entre las patas tras intentar reprimir a los pobladores del Istmo de Tehuantepec donde, a pesar de que lograron desalojar algunos bloqueos, los mismos se rearticulaban con un apoyo cada vez más marcado de la población. Los federales se quejaron de que los comuneros los recibieron y hasta los corrieron a balazos en el Istmo, por lo que su revancha fue Nochixtlán y el tramo de Hacienda Blanca hasta el crucero de Viguera, donde se encuentra un monumento a Benito Juárez.

 

El que escribe esta misiva, llegó a la barricada de Viguera a las 5 de la tarde, cuando ya habían varios tráilers incendidados y camiones de pasajeros afiliados a líneas priístas también incendiados. Una enorme cortina de humo negro se erigía a la distancia con un helicóptero sobrevolando la zona. Mujeres llevando comida, jóvenes y vecinos preparando bombas molotov, abuelitas llevando gasolina y botellas de diesel para incendiar el material del metrobús en construcción, los vecinos de los alrededores se mantenían expectantes ante lo inevitable. Un compañero y su servidor nos aventuramos a entrar en las enormes cortinas de humo como peces en el agua, tras caminar 100 metros, vimos el avance de la Policía Federal. Habíamos muchos jóvenes encapuchados lanzando piedras, bazucas con cohetones, los federales estaban acorralados por ambos frentes por un contingente no profesional –pero sí muy aguerrido– de rebeldes. Esta escena no duró más de un par de minutos cuando comenzaron a detonar armas de fuego a quemarropa, 50 balas por segundo, otras se escuchaban en series más constantes, tales como aquellos armamentos que derriban helicópteros.

 

Pero no era Siria ni Bagdag, sino México y quien disparaba era el ejército mexicano –disfrazado de Policía Federal– tratando de asesinar a quienes nos encontrábamos a su paso. Rápidamente un vecino nos dejó albergarnos en su domicilio. Temíamos que al salir por la puerta trasera encontráramos un cerco policiaco y la cárcel o la muerte a metros de distancia, pero valía la pena correr el riesgo antes de que los federales se dispusieran a entrar a los domicilios particulares. Acto seguido, nos dimos a la tarea de monitorear la zona para ver las rutas de escape en caso de una represión más brutal. Nos percatamos de que no había federales, sino vecinos que apenas comenzaban a salir de sus casas y se concentraban en los alrededores del crucero del Viguera. Por la distancia, algunos no escucharon los disparos, entonces decidimos seguir con nuestra tarea. Entramos y salimos por todos los lugares posibles. A nuestro paso encontramos la solidaridad del pueblo que veía con admiración y respeto nuestra resistencia. Muchos vecinos ya estaban haciendo barricadas para evitar el paso de los federales por calles aledañas. Abuelas, abuelos, niñas, niños, señoras, señores con las puertas de su casa abiertas para refugiarnos en caso de que fuera necesario. Tras dos horas ya eran dos helicópteros de la Policía Federal los que nos disparaban bombas de gas directo a la cabeza, volando a pocos metros de distancia del suelo. Una vez que la Policía Federal logró replegar a una avanzada de heroicos hombres y mujeres, estos últimos arribaron al crucero de Viguera blancos, gaseados y agotados por horas de batalla. “¡Ese apoyo si se ve!” gritaban los vecinos. En segundos un helicóptero de la Policía Federal atacó a los manifestantes a tan sólo 4 metros de altura.

 

Con el transcurrir de las horas, las bombas de gas caían en las casas de los vecinos, lo cual los irritó y se volcó el apoyo total con el movimiento magisterial y popular. Llegaban cajas y cajas de coca-cola, cubetas vinagre, tortas, aguas. “¡Ánimo!” nos decían, “¡no se dejen!”. De vez en vez este tipo de apoyo revitalizaba a los combatientes.

 

Las últimas dos horas fueron de ataque y repliegue. Uno no se puede quedar inmóvil ante la injusticia y un combate desigual: piedras contra balas, correr de los helicópteros, correr de las bombas de gas de tierra y aire, correr de los balazos. De vez en vez regresarles las bombas de gas lacrimógeno, lanzarles piedras, cohetones, gritar consignas, mostrar una moral indomable, luchar a costa de las condiciones adversas.

 

“Si los dejamos pasar, van a entrar al zócalo, ánimo compas, esta es la última batalla, si nos vencen aquí ya nos chingamos”

 

Eran las palabras de los combatientes. Resistimos un buen rato. Después, una tensa calma en la retaguardia de Viguera mientras en el frente seguían los combates. Ya cerca de las 8 de la noche los federales entraron a Viguera. Estaban esperando que estallaran los tanques de los dos últimos tráilers, esperaban más refuerzos, nosotros también. Eran las horas definitivas antes de caer la noche. Entonces empezó el que sería el último combate, todas las líneas de ofensiva se encontraban en posición de ataque, la policía seguía disparando, los helicópteros se quedaron sin bombas de gas, las bombas de mano de los federales ya no estallaban, gastaban sus últimas granadas que se disparan. Entonces la táctica nuestra fue provocarlos: darles una buena chinga y dejarlos que gastaran sus balas a distancia, sabíamos que en algún momento se quedarían sin parque y entonces sería nuestra hora, para la lucha cuerpo a cuerpo. Los vecinos ya tenían machetes, que con todo y su filo no se pueden oponer a las balas.

 

Se instalaron más barricadas, se incendiaron más camiones, llegaron más apoyos de los vecinos. Entonces la Policía Federal se retiró por Riveras del Atoyac para arribar al Zócalo de Oaxaca. A la altura de San Jacinto Amilpas se instaló una nueva barricada a las 10 de la noche con un contingente disperso –fue desalojada a balazos también… Pero los federales ya estaban agotados y no se aventurarían a una nueva batalla de mayores dimensiones en el zócalo de Oaxaca. Entonces siguió la campaña de pánico mediático y psicológico quitando la luz del primer cuadro de la ciudad, mandando mensajes en redes sociales que pedían a la población y comerciantes no alojar maestros en sus casas –en caso contrario serían detenidos. La psicosis se apoderó de las redes sociales en todo el país ante la incertidumbre, pero el zócalo seguía en alerta ante una posible nueva batalla. Se instalaron varias barricadas, regresó la luz, la Policía Federal nunca llegó. El costo para los días siguientes, serían muy altos para el gobierno mexicano.

 

Al día siguiente se organizó una megamarcha. El saldo final de la batalla de Hacienda Blanca-Viguera fue de un compañero asesinado y 94 heridos. La mayoría fueron atendidos en los módulos médicos del movimiento quienes, dicho sea de paso, también fueron atacados por la Policía Federal con bombas de gas. Los demás fueron atendidos en una iglesia. Todos fueron dados de alta excepto un joven llamado Victor y nuestro compañero del Partido Obrero Socialista César Rivera, a quién una bala de grueso calibre le atravesó la tibia. Estamos a la espera del momento en que el compañero sea intervenido quirúrgicamente. Todos sus compañeros estamos al pendiente.

 

Oaxaca, Oaxaca, 23 de junio de 2016.

 


El militante del Partido Obrero Socialista que escribió esta crónica pidió conservar el anonimato para evitar posibles represalias del aparato estatal.

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