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Colosio: la doble conspiración. 8 El complot contra la verdad. – 30-30
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Colosio: la doble conspiración. 8 El complot contra la verdad.

Cuauhtémoc Ruiz

Colosio: la doble conspiración. 8 El complot contra la verdad.

Este texto forma parte del libro Colosio: sospechosos y encubridores, de próxima aparición.

Parte 8 de 8. El complot contra la verdad.

Cuauhtémoc Ruiz

 

El procurador Diego Valadés se trasladó a Tijuana el día del atentado. Además de obtener la confesión del asesino, inculpó al miembro del grupo TUCAN Tranquilino Sánchez Venegas. Oficialmente, Luis Donaldo Colosio había sido víctima de un complot. El presidente Salinas designó el 28 de marzo a Miguel Montes para encargarse de manera exclusiva del caso, lo que hizo con el consentimiento de la viuda de Colosio, Diana Laura Riojas. Montes fue nombrado subprocurador y el 2 de abril de 1994 declaró que el asesinato había sido una “acción concertada”, lo que sustentó con cerca de cien pruebas.

 

Algunos de los medios más importantes publicaron fotografías, pruebas y evidencias de una conspiración. Tres meses más tarde, el 14 de julio, Miguel Montes cambió de versión y declaró que el asesino material e intelectual de Colosio fue Mario Aburto. La versión de que Aburto asesinó por su iniciativa se fraguó desde las más altas cimas del poder. A los gobernantes les era imperativo borrar la idea de que el magnicidio había sido el resultado de disputas dentro del régimen. Debían evaporar la versión de una conjura dentro del tricolor y al asesino material había que diluirle su identidad política priista y presentarlo como un sociópata narcisista sin ideología ni motivaciones políticas firmes. Revelar que los enfrentamientos palaciegos habían conducido al asesinato podría llevar a un nivel todavía más elevado las discordias internas; como en 1988, podría volver a alienarle al PRI una parte mayor del electorado y poner en cuestión su desempeño en las urnas. El destino del PRI estaba en peligro.

 

Tras la nominación de Ernesto Zedillo como candidato sustituto, emergió éste investido de autoridad y ordenó liquidar la versión de que había ocurrido un complot. Tenía que actuar a toda velocidad porque luego de las consignaciones de Mario Aburto, Tranquilino Sánchez y otros, hechas por el procurador y por Montes, el juez, Alejandro Sosa Ortiz, tenía que pronunciarse. Zedillo no podía permitir que el juez aceptara que el crimen había sido el fruto de una confabulación, porque ésta muy probablemente pondría al descubierto a altos personajes políticos cometiendo delitos atroces y gracias a los cuales él sería el siguiente presidente de la República.

 

La segunda semana de abril, “el día previo a las decisiones del juez Sosa, visitó la ciudad de Tijuana Salvador Rocha Díaz, representante de Ernesto Zedillo ante la Subprocuraduría encabezada por Miguel Montes, y en la sede del PRI municipal pidió no deducir de la consignación de seis sospechosos priistas la conclusión ‘ilógica’ de que era una ‘conspiración priista’”. Rocha Díaz, ex ministro de la Suprema Corte, impuso al priismo la película del “asesino solitario”. Podemos afirmar que Rocha Díaz presionó a Montes para que aceptara la visión referida. No es relevante saber si Rocha igualmente puso en línea al juez Sosa o si fue otro hombre del inminente presidente de la República. El hecho es que este juez, menos de tres semanas después del magnicidio, en la segunda semana de abril decretó que el sicario había actuado sin ayuda ni consejo. Así apareció por primera vez la “verdad histórica” sobre este caso: Mario Aburto fue un homicida solitario.

 

Este fallo judicial desautorizó públicamente al fiscal Montes. Luego de este sabotaje a su trabajo, el 21 de abril, renunció, sin hacerlo público. Salinas de Gortari no aceptó el repliegue de su empleado. De haber renunciado, quedaría en la opinión pública la idea de que abandonaba las investigaciones debido a que no había aceptado tragar el sapo de que Aburto había actuado sin ayuda y que dejaba el cargo con la convicción de que el responsable del crimen era un grupo priista. Para el sistema político era necesario que el mismo Montes (el que redondeaba la tesis de un complot de un grupo priista), fuese el que, también públicamente, reconociera que se había equivocado. La sobrevivencia del PRI y la salud del siguiente gobierno priista hicieron imprescindible su retractación y humillación. Montes cambió su versión. Así murió oficialmente la teoría de que el crimen era una “conspiración priista”. Con ello fue también atropellado el proceso que apuntaba hacia el desvelamiento de la verdad.

 

El cuento de un asesino solitario recibió comentarios como el del articulista Ángel Viveros: “Sólo falta que Montes diga que Colosio se suicidó”.

 

Imagen: Fotografía Museo del Objeto.


Cuauhtémoc Ruiz es dirigente del Partido Obrero Socialista.

Anterior: Parte 7. Los beneficiarios del crimen.

Inicio: 1994, levantamiento indígena y crisis sangrienta del PRI