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Colosio: la doble conspiración. 6 La fractura en el PRI. – 30-30
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Colosio: la doble conspiración. 6 La fractura en el PRI.

Cuauhtémoc Ruiz

Colosio: la doble conspiración. 6 La fractura en el PRI.

Este texto forma parte del libro Colosio: sospechosos y encubridores, de próxima aparición.

Parte 6 de 8. La fractura en el PRI

Cuauhtémoc Ruiz  

 

 

En 1993 el PRI mostraba la siguiente división: por un lado los conservadores o “dinosaurios”, reacios a cualquier cambio político, opuestos a abrir cauces a la oposición y a democratizar la vida política. Ellos eran el Grupo Atlacomulco, a cuya cabeza estaba Carlos Hank González, secretario de Agricultura; Fernando Gutiérrez Barrios, Manlio Fabio Beltrones y Luis Echeverría, así como los líderes sindicales y campesinos. Los “dinosaurios” tenían expresiones locales, como el grupo TUCAN, de Baja California Norte.



En el otro extremo estaban los reformadores, con Manuel Camacho Solís a su frente, descontento por no haber sido el beneficiario del dedazo de Carlos Salinas para ser candidato presidencial, pero que en diciembre de 1993 seguía dentro del régimen como titular de la Secretaría de Relaciones Exteriores.



En el centro estaba el presidente y en general los salinistas, que ya mostraban fisuras. El grupo de José María Córdoba-Ernesto Zedillo, era renuente también a cambios democráticos. Carlos Salinas era pragmático: usaba la dureza y la represión; o cedía a la oposición si ello le convenía. Atrás del presidente estaba su delfín, el fiel Colosio.



El levantamiento armado en Chiapas profundizó estas divisiones, creó nuevas y dramáticas contradicciones así como otros alineamientos internos; generó una crisis aguda en las alturas que culminó con las ejecuciones de Colosio y, en septiembre de 1994, del secretario general de este partido, José Francisco Ruiz Massieu.

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Ante el desafío del EZLN, todo el gabinete se unió alrededor de la vía militar, el aplastamiento violento de los insurrectos. La primera semana de enero se puso a prueba esta solución y el presidente le dio todo su apoyo. Las armas hablaron. Pero tanto la brava resistencia de los indígenas armados como la inmediata simpatía de una enorme porción de la opinión pública con los alzados y la movilización masiva de crecientes multitudes que exigían se parara la guerra, hicieron ver a Salinas de Gortari que esta vía era inviable. El presidente la desechó y acogió la que propugnaba Manuel Camacho. El ala renovadora obtiene un doble triunfo: el gobierno adopta su política, la de contener a los insurrectos a través de negociaciones, promesas de algunas concesiones y cambios. Y gana que el principal operador del diálogo y las tratativas con los neozapatistas sea nada menos que Camacho, nombrado por Salinas comisionado para la Paz en Chiapas, con el carácter de honorario, es decir, sin sueldo de funcionario, lo que legalmente le permitía ser nominado candidato presidencial.



Esta política exigió cambios en el gabinete. Salió así el secretario de Gobernación, Patrocinio González Garrido, y el procurador. Los reformadores se fortalecieron, con Camacho en un cargo clave, y con afines a cargo de la política interior, Jorge Carpizo, y de la procuraduría, Diego Valadés.



En siete días, los primeros de 1994, la audaz irrupción del EZLN había profundizado y ensanchado la grieta en el PRI entre los conservadores y los renovadores. También había causado nuevos alineamientos. Patrocinio, que se había prestado para desplazar al dinosaurio Gutiérrez Barrios, en la nueva situación estaba por contestar con dureza al EZLN; el poderoso Córdoba Montoya estaba de acuerdo con el ex secretario de Gobernación. Se dinamizó el llamado Grupo de los Diez, formado por políticos conservadores como Carlos Hank y Manlio Fabio Beltrones, así como por algunos de los empresarios más ricos del país, para hacer contrapeso a la nueva fortaleza de los reformadores. Salinas de Gortari, antes en el centro, ahora, empujado por las circunstancias, abría espacios a Camacho y compañía, y hacía todo lo posible para que éste tuviera éxito en su política de contener al EZLN, la urgente prioridad de su gobierno, cimbrado por el golpe de los insurrectos.



Colosio acordaba con la política de negociación con el EZLN, no así con que Manuel Camacho fuese el encargado de instrumentarla. El candidato del PRI, que en la liturgia del régimen debía ser en esas fechas el nuevo sol que atrajera todos los reflectores, estaba opacado por los indígenas y una inesperada súper estrella, el subcomandante Marcos. Para peor, Camacho, de conseguir la paz con los indígenas podría desplazarlo como candidato.



La división priista trascendió a su cúpula, se extendió por el país y llegó a sus mandos medios y a la infantería del tricolor. A fines de febrero de ese año, en una maquiladora de Tijuana, el operador de una máquina cortadora, Martín Veliz, preguntó a cuatro compañeros de trabajo qué harían si en ese momento tuvieran enfrente al presidente de la República y cómo le plantearían que solucionara la crisis en Chiapas. Uno de ellos contestó: Si yo tuviera frente a mí al presidente, yo le diría que es un pendejo, una persona no capacitada para estar al frente de una nación”, porque “es ilógico que una pequeña guerrilla como el EZLN no pueda ser dominada por el Ejército Mexicano”, lo que dijo sumamente molesto.



El obrero era Mario Aburto Martínez.

 

Imagen: Fotografía El itinerario original de Colosio, cortesía MCCI.


Cuauhtémoc Ruiz es dirigente del Partido Obrero Socialista.

Parte 5. Los tucanes asesinaron a Colosio.

Parte 7. Los beneficiarios del crimen

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